30.8.07

Tiempo de volver

A Juan Floriani


Procurando instaurar nombres, obras, fragmentos de nuestra historia cultural y artística, fortaleciendo la memoria de los riocuartenses, Temas económicos dedica esta sección a Juan Armando Floriani (1924-2006)

“Es un auténtico cuentista. Conoce todos los secretos de su oficio. Maneja los hilos invisibles que mueven a los protagonistas de sus relatos con extrema habilidad.” Publicó el Diario ¨Los Principios¨ de Córdoba, y es que Juan A. Floriani vivía largo tiempo con los personajes de sus cuentos;

dormían, se levantan, se preparaban el desayuno y luego salían juntos hacia el nuevo día. Juan los vigilaba todo el tiempo, observaba desde la ropa que usaban hasta la forma de tomar la cucharita y revolver el café; de ese modo el autor se insertaba, se enredaba, formaba parte natural de sus narraciones. Porque, ¨¿qué escritor no se apoya en experiencias personales para construir una ficción?,¨ se preguntó una vez Guillermo Saccomanno.

Juan Floriani nació en Río Cuarto el 29 de octubre de 1924, y fue en esencia escritor. Cuando tenía apenas dieciséis años, una revista porteña le publicó su cuento ¨Tierra¨. Desde entonces nunca dejó de escribir, y aunque murió un 12 de agosto, recién cumplidos los ochenta y dos, no dejó una cuantiosa producción. Acaso porque muy pocos, o casi nadie del interior de Argentina, pueden dedicarse por completo a la literatura. Juan dividió su tiempo entre el oficio de cuentista y el de viajante. Recorría una amplia zona del País vendiendo libros, quizás por esa relación cercana con ellos, por esa voracidad irrefrenable de letras que lo empujó a leer con avidez desde los 8 años, o porque sabía que para escribir hay que ser un gran lector, aunque sabía también que se debe andar, vislumbrar otros terrenos, otras realidades.

Alfredo Arfini, comentarista del Diario ¨La Capital¨, de Rosario, dijo de su obra: “Estos cuentos están imbuidos de una especial atmósfera que nos atrevemos a definir como mágica sugerencia estética...¨ Floriani creaba esas atmósferas habitando cada voz, cada silencio, cada rincón. Cuando los vientos de mayo arrasaban con las hojas de los árboles y las hacían caer bronceadas, crocantes sobre las veredas de la ciudad, Juan las aplastaba, en cada paso las fracturaba, las desmenuzaba, sólo por descubrir un sonido particular, un crujido mágico para definir el espacio de algún cuento otoñal.

Así articuló su vida, viajante, lector, escritor, padre de Rosalía y Jorge Floriani, enamorado infinito de su segunda mujer, la poeta Susana Michelotti. Dice Omar Isaguirre, a quien agradezco la información bibliográfica, que ¨Susana murió en el tiempo de los vientos, octubre del 97¨, y desde ese vendaval, el cuentista afrontó una desolación anunciada en los últimos versos del poema ¨A Juan¨ escrito por Susana: ¨Bebí ese rojo vino del amor que derramas./ Y cuando yo no sea sino sólo distancia/ estarás en mi sombra, cantando la alegría¨.

Quizás, en la Plaza Roca, muchas personas se hayan cruzado con un hombrecito de gruesos anteojos, de andar lento, con los brazos hacia atrás, ambas manos tomadas en la espalda. Quizás muchas personas recuerden esa imagen aunque muy pocos hayan sabido de su nombre, de su actividad en la Sociedad Argentina de Escritores, de sus más de ochenta cuentos, poesías, obras para cine y teatro, novela, colaboraciones en diarios y revistas, de sus conferencias; y es que Juan Floriani fue un escritor del interior, un hombre de Río Cuarto.

De su novela ¨Urdimbre¨, publicada en el año 2003, después de muchas idas y venidas, por la Imprenta de la Municipalidad de Río Cuarto, me quedo con el último párrafo: ¨Cruzo las manos sobre el pecho y extiendo cuanto puedo mi cuerpo, con los pies juntos. ¿Así yaceré un día? Ojalá no tarde. En ocasiones he pensado en apresurar voluntariamente mi fin. No descarto hacerlo. Es posible que entonces me reúna en algún lugar con Leonor, aunque mi incredulidad rechaza ese posible albur. De lo que sí no tengo dudas es de que arribaré al silencio definitivo, al total olvido.¨El misterio de la muerte me permite fantasear con un Juan que, en alguna región remota y sentado junto a Leonor, indaga sobre rima o ritmo, sobre brevedad e intensidad en el cuento, sobre esa magia abrazada a lo cotidiano. Fervores mortales-fervores inmortales que seguirán impregnando de resplandor a las palabras.

Ana Plenasio -Nota publicada en ¨Temas económicos¨ FCE de la UNRC, setiembre 2007

lo que faltaba ....


Acá sigue

15.8.07

URDIMBRE - Novela de Juan Floriani - 1ra. parte

Imprenta Municipalidad de Río Cuarto (2003)

Fragmento 1

Por la ventana abierta penetra un rayo de sol. Me muevo con lentitud, haciendo crujir mi vieja cama. Como es habitual he dormido mal, a los tirones. Una frustrante sucesión de cortos períodos bendecidos por la fuga que representa el sueño, plano, sin imágenes, y la vigilia, donde me abruman certezas imposibles de eludir.
He yacido sobre las sábanas arrugadas, un poco sucias.
Estiro una mano y tomo el reloj de pulsera reposante en la mesa de luz. Observo los minuteros: las seis. Suspirando, lo coloco en la muñeca.
Se afirma el dolor de cintura. Me siento lentamente al borde del lecho, apoyando con cuidado los pies en el frescor estimulante de los mosaicos. Intento pararme. Recién la segunda vez lo consigo. Tengo los músculos endurecidos.

El silencio agobia mis hombros. Me acerco despacio a la ventana y contemplo el verdor del patio con el césped algo crecido y la mancha roja creada por la enredadera adherida a la pared del fondo. El rosal de al lado alardea con la blanca plenitud de sus capullos.
Respiro hondo, procurando purificar mis pulmones. La limpieza del aire tempranero ayuda a desatar mis nudos interiores. Flexiono lo dedos de las manos, consciente nuevamente de ese pequeño milagro repetido de continuo, parte del renovado germinar de mi cuerpo que aún lo hace día a día indiferente- en apariencia- a penas y renuncios.
El sol va creciendo. Ocupa un ángulo del terreno. Será sin duda otra jornada calurosa. Natural: Transcurre enero de este 2002 capicúa, portador de sombras y espanto. Sí, sombras y espanto, aunque la calificación parezca dura.
Voy al baño a higienizarme. Orino. Me cuesta un poco. Luego la micción se regulariza... La rutina de mis órganos poco a poco va cediendo en su habitualidad. La penumbra del tiempo se apodera cada vez más de mi cuerpo. Penumbra impregnada de melancolía. Una melancolía resignada ya a las permanentes concesiones, a la admisión de límites estrechándose sin cesar.
Desde la calle llega el rumor de motores, alguna voz saludadora. Mi casa, pequeña, está abierta a todos los sonidos. Esto me reconforta. Atempera un poco mi soledad.
Vuelvo al dormitorio y torno a recostarme. Intento dormitar. Sin éxito. Coloco entonces un disco compacto en el reproductor y los primeros acordes del concierto para piano de Tchikovsky empapan de hermosura la luz de la mañana. Cerrando los ojos, dejo que la música me lleve. Pienso en Leonor. Siento, suave, su aliento. El piano sigue creando magia, acompañado por los otros instrumentos. Cuando se apagan los postreros compases reabro los ojos. Leonor se aleja. Durante el transcurso del día retornará muchas veces.
Es inútil seguir acostado. Consulto de nuevo al reloj: las siete y cuarto. Con la misma lentitud de hace un rato vuelvo a levantarme. Me pongo un short y, calzando unas zapatillas, el torso desnudo, voy hasta la cocina. Allí saco del armario una taza y un platillo, busco una cucharita y mezclo leche en polvo con café soluble para preparar mi desayuno. Hiervo agua. Cuando la pava deja escapar su vapor lleno la taza, busco unos grisines y me siento a la mesa. Sorbo el líquido fragante, mastico con cuidado. Tomo luego los medicamentos. Después lavo cuidadosamente la vajilla y la guardo en su lugar. Han caído algunas migas en el piso. Las barro. Enciendo el televisor y veo un noticioso. No son alentadoras las noticias. El país se tambalea, tropieza en su andar, como aquejado por una precoz vejez. ¿Qué somos los argentinos, qué nos pasa? ¿Por qué hay tanta distancia entre la exuberancia de nuestra geografía y la crónica mezquindad de nuestras actitudes? Entiendo muy poco de política. Nunca me interesó. Apenas si me limité a cumplir con la obligación del voto y a formular entre amigos los lugares comunes habituales cuando nos referíamos al tema. Ahora, cumplidos ya los setenta, ni me molesto en concurrir a los comicios. ¿Error, irresponsabilidad, falta e conciencia cívica? Un poco de cada cosa, seguro. En fin...
Debo ir al centro. Lo haré enseguida, para evitar en lo posible el impiadoso rigor de la temperatura. Me enfundo un pantalón liviano y manoteo una camisa de mangas cortas. Calzo unos mocasines sin ponerme medias. Pude haberlo hecho de entrada. ¿Para qué el short, las zapatillas? Estupideces. ¿Acaso mi vida no ha sido una casi continua reiteración de ellas? Es un poco tarde para arrepentirme. ¡Bah! Paso rápido el peine por mis cabellos raleados. Apenas si me fijo en mi rostro reflejado en el espejo. ¿Para qué? Lo conozco demasiado, por desgracia. Me pongo un poco de colonia. Evitemos el olor a chivo, me digo, sonriendo apenas. Introduzco en un bolsillo mi cédula de identidad, unos billetes y dos abonos del transporte.
Salgo. Cierro con doble vuelta de llave la puerta exterior. El cemento de la calle comienza a sudar calor. Al fondo se bambolea pesadamente el armatoste del colectivo.


Fragmento 2

-¿Te seguís llevando mal con tu viejo, Lucio?
- Cada vez peor.
- Perdoná que me meta en tus cosas, pero me parece una macana. Sos el único hijo varón, el preferido de tu madre. Y ella está embromada.
- Las cosas se dan así, macho. Mi padre ha sido y es un hijo de puta. Incurable. Lo aguanté por años. Ahora, se acabó. Lo lamento por mamá, que ha sido siempre una víctima de sus cretinadas.
- Pero...
- Entiendo tus buenas intenciones, Raúl, pero no hay nada que hacer. Nunca más pondré un pie en su casa. Finis. En el último negocio que quise emprender me escupió el asado sin asco. ¡Negarme una garantía para el banco! ¿Qué le costaba? Nada. Lo hizo sólo por su mala leche. ¿Puede irse a la mismísima mierda!
- El mío es distinto, por suerte.
- ¡Claro que es diferente! Casi todos los padres son como el tuyo. Pero este podrido es bien especial. Seguro que rompieron el molde después de hacerlo.
- ¿No le habrás hecho macanas y ello explicaría su actitud?
- No, podés estar seguro. Hice algunas pavadas, como cualquier muchacho. Pero nada grave. Ocurre que nunca le hice caso. Siempre quise usar mi zabeca, pensar por mi mismo, vivir mis propias experiencias. Tengo una visión muy distinta de cómo se deben hacer negocios. Pertenecemos, claro, a épocas muy diferentes. El todavía está en el tiempo cuando los pedos se tiraban con honda. Sí así es, no te riás. Hoy, ya sabés, hay que moverse rápido y tener estómago para todo. Hincha a toda hora con sus “principios”. ¡Quisiera saber si fue siempre tan ético! En los negocios lo único importante son los resultados, el éxito, evitando que te pasen por arriba, pisoteándote. Si los demás se embroman, paciencia. Hubieran sido más vivos.
- No seás tan terminante. Tu viejo no está equivocado. La moral aún existe. Por lo menos eso creo...
- ¡Vaya, resulta que también sos mentalmente viejo! Despabilate, hermano. De lo contrario, y teniendo en cuenta cómo andan las cosas en este jodido país, tus posibilidades son escasas.
- Cada uno es como es.
- No digás sonseras. Cada uno es como quiere ser, como sea capaz de ejercer su voluntad. En resumen: si tiene huevos o no.
- Chau, Lucio, chau. Otro día la seguimos. Pero nunca me vas a convencer.
- Peor para vos, entonces. Y te sugiero una cosa: no me perdás de vista. Vas a ver hasta dónde llego.
- Prometo seguirte, Lucio.



Fragmento 3

Se arrastraba despacio, el vientre apretado contra el suelo desparejo. Usaba brazos y piernas para empujarse. Un poco más adelante con cada esfuerzo. Se detenía frecuentemente para descansar y recobrar el aliento. Sus pulmones aspiraban con dificultad el aire enrarecido, impregnado de un olor muy particular, mezcla de un pesado hedor al cual se agregaba, a veces, aligerándolo, una fragancia también extraña, apenas perceptible. No tenía idea desde cuándo estaba allí, desde cuándo empezó su arduo avance. Ni porqué lo hacía. Sólo lo ejecutaba. Lejos, desdibujada por una niebla pertinaz, alcanzaba a divisar la ciudad. Ella parecía ser el punto final de su reptante peregrinación. El silencio era absoluto. Nadie estaba cerca de él. Presentía el vuelo de algún ave, aunque no podía verla. ¿Un pájaro en este paisaje desolado? Tal vez. Una claridad mortecina descendía desde un firmamento donde no brillaba el sol. Notó que la piel de las palmas de sus manos comenzaba a erosionarse. ¿Comenzarían pronto a sangrar? Su desconcertado terror se acentuó. Tuvo, empero, un pensamiento que se le antojó pueril: como su pantalón era de gruesa tela, por lo menos sus rodillas estaban momentáneamente a salvo. Un consuelo, después de todo. Notó que la temperatura comenzaba a elevarse despacio. ¡Dios, alguna nueva calamidad se avecinaba! Se detuvo un rato más prolongado que los anteriores. Trató de ponerse de espaldas. No lo consiguió. Una presión tan extraña como cuanto le estaba ocurriendo seguía estrechando su vientre contra el suelo. Principió a sudar. Tembló. Intentó recordar, precisar antecedentes. Vano esfuerzo. Parecía que su vida recién comenzaba, tratando de llegar a esa ciudad, conocida y desconocida a la vez. El misterioso llamado le hizo recomenzar su horizontal marcha. Metro tras metro. De más en más dolorosos. Por suerte sus gruesos zapatones le ayudaban a empujarse. De pronto oscureció y principió a llover. Caían gotas grandes, pero se deslizaban por su cuerpo sin mojarlo, sin aliviar la creciente temperatura. Sofocado, tornó a detenerse. Tan pronto como se inició y terminó la lluvia y reapareció la débil claridad. Con esfuerzo contuvo un imprevisto acceso de llanto. Se mordió los labios hasta cesar la debilidad. Comenzaron, absurdos, a estallar truenos fuertes y prolongados. Sin relámpagos previos. Lo aturdían. Se tapó las orejas. El fragor siguió. Intentó gritar. No pudo. Con renovada angustia, esperó. Un rato después se apagaron los truenos. El refrescante silencio que aquietó el ámbito fue como agua clara empapando bienhechoramente sus nervios. Era preciso renovar el esfuerzo para tratar de llegar a la ciudad. Reptó de nuevo. Pese a su afán, avanzaba cada vez con mayor lentitud. Parecía que incluso su sangre circulaba apenas. Sopló un viento áspero que se desplazaba con prolongadas ráfagas. Ahogó una maldición. Por lo visto a cada instante surgían nuevos hechos capaces de retardar o hasta impedir el triunfo de sus propósitos. Aumentó, recurriendo a fuerzas que ignoraba estuvieran en él, los movimientos de sus extremidades. Semejaba una tortuga grotesca tratando de dominar las distancias. Crecía el vendaval. A pesar de su empeño ya no pudo seguir. Apoyó la cabeza sobre el suelo, agotado. El polvo pugnaba por introducirse en sus fosas nasales, emporcaba sus labios, espesaba sus cabellos revueltos. Entonces, tan sorpresivamente como cuanto ocurría en ese paisaje, inmunes al parecer a las ráfagas, grandes aves negras, de extendidas alas y corvos picos, surgidas al parecer desde el fondo de las edades, planearon encima de él. Lo atacaron. Un dolor intenso en una de sus piernas lo hizo gritar. Un oscuro torbellino, danzando torpe entre el viento, se desplazaba como una gigantesca ameba cubriéndolo. Los innumerables picos destrozaban su carne. El aullaba, aullaba sin cesar. Viento, sangre esparciéndose, gritos que ya nada tenían de humanos. Su garganta apenas dejaba escapar un quebrado estertor cuando despertó, con el cuerpo pegajoso por la transpiración.


Fragmento 4

El gordo Suárez se acomodó en la silla haciéndola vacilar mientras revolvía el cortado. comentó:
- Apenas son las diez de la mañana y ya no se aguanta. Hoy será un día bravo.
- Estamos en verano, ¿o no?- respondió, acariciándose su protuberante nariz, Goyeneche.
- Dejen de decir originalidades- rió Peretti.
- Por lo general en una mesa de bar se hablan sonseras. Pero, claro, vos sos el sabihondo de la barra- se amostazó Suárez.
- Calmate, gordo- contemporizó Peretti- Disculpame por el comentario. Lo dije sin querer.
- No discutan, muchachos- intervino Goyeneche- Mejor miremos a las minas. Gracias a Dios cada día andan con menos ropa.
- Sos un obseso sexual- afirmó Peretti, encendiendo un cigarrillo- Un obseso incurable, por lo visto.
- ¡Pero hoy te has venido con ganas de joder! – se encrespó de nuevo Suárez- Si seguís así me levanto y me voy.
- Tenés razón. Aveces soy imposible- concedió Peretti- ¡Pero hay tantos temas interesantes para conversar!
- ¿Cuáles?- inquirió Goyeneche- ¿Fútbol, chismes, putear otra vez a este país podrido? Por suerte, estalló. Quiero ver como se arregla este despelote.
- Para mi, ni Cristo lo soluciona- conjeturó Suárez- Y cuando las cosas llegan a este punto, ya no vale la pena calentarse. Supongo que como otras veces, de alguna manera saldremos.
- No será fácil. Nunca llegamos tan al fondo- respondió Peretti.
- ¿Te parece?- preguntó Goyeneche.
- Sí, seguro. Aunque estos últimos días- y quizás esto a ustedes les parezca raro- he reflexionado mucho sobre la muerte- dijo en voz baja Peretti.
- ¡Vaya pensamiento!- se asombró Suárez- A veces sos raro, vos.
- Tal vez su actitud tenga cierta lógica- terció Goyeneche- Esta república huele un poco a difunto.
- No tiene nada que ver- aclaró Peretti- A veces me gusta meditar sobre ese gran misterio. ¿Para qué nacer si después vamos a morir? Soy un enamorado de la vida. Admiro al más minúsculo insecto alentando bajo el sol. Muchas veces observo mi cuerpo, me maravilla su increíble funcionamiento. Siento el latir del corazón, me parece percibir el funcionar de los intestinos, del hígado, como circula la sangre por venas y arterias, el trabajo de ese prodigioso generador que es el cerebro. ¿Por qué tales maravillas deben ser destruidas sin apelación posible?
- No sos muy original en tus reflexiones- dijo Suárez- Esas preguntas se las hace el ser humano desde que aprendió a pensar.
- Tenés razón- aprobó Goyeneche- ¿Pero no les parece un poco pelotudo encarar semejante tema en una mañana tan hermosa como ésta?
- La única explicación- siguió Peretti, sin hacerle caso- es considerar a la muerte como una parte integral de la vida, como el nexo que va articulando, por así decir, las distintas maneras, las diferentes formas vitales. Morimos para renacer.
- La reencarnación- dijo Suárez- Los orientales la han estudiado.
- ya lo sé- respondió Peretti- pero creo que el asunto es más amplio. No se renace solo en forma humana, o incluso como ave o pez. También volvemos reproducidos en un árbol o en una hierba. Todo depende de cómo nuestro cadáver regresa a la naturaleza. Quemados y las cenizas esparcidas o sepultados desnudos en la tierra. Entonces al descomponerse la fertiliza y recomienza el ciclo.
- Ya que insistís en seguir con un tema tan ameno y estimulante- comentó Goyeneche- tené en cuenta que acá, en occidente, primero nos meten en un ataúd y luego vamos a parar a un nicho. Aunque ahora, con los cementerios parque la cosa va cambiando, aunque siempre sigue el aislamiento del cajón. Entre paréntesis: en estos nuevos camposantos se hace comunitario lo que en nuestros cementerios tradicionales está reservado únicamente al pobrerío: la tierra.
- Lo pretendido por Peretti- afirmó suárez- va a ser difícil de lograr. Están las creencias religiosas, preconceptos muy fuertes y arraigados. Y no únicamente entre los creyentes. Ahí está la momia de Lenin, aún yacente en su monumento de la Plaza Roja.
- Ya tratamos bastante el tema- puntualizó Goyeneche- Por favor, charlemos de otra cosa. De todas maneras, esta conversación ha servido para descubrir una faceta desconocida de tu personalidad, Peretti: el ángulo filosófico. Aunque, y no te ofendás, es una filosofía un poco barata y muy transitada.
Peretti, sin contestar, consultó su reloj. Levantándose, dejó una moneda encima de la mesa.
- Chau, hasta mañana- saludó, alejándose.
- Mirá con lo que salió el flaco- comentó Goyeneche- Nos obligó a enredarnos en un tema requeteembromado.
- así es- respondió Suárez- supo ocultar bien su pensamiento... trascendente, digamos.
Goyeneche jugueteó un momento con el pocillo. Luego:
- ¿Pensás en la muerte?- preguntó en voz baja.
Suárez demoró en responder, como sopesando su respuesta.
-En realidad, sí- contestó por fin, despacio- ¿Quién no lo ha hecho alguna vez? Pero lo hago en función de mi familia, claro, analizando qué pasaría con mi mujer y mis hijos en caso de faltar.
- Yo, te confieso- dijo Goyeneche- nunca lo hago. ¿Sabés por qué? Por miedo. Al no pensar en la descarnada aparento suponer su inexistencia. ¿Infantil?, ¿Cierto?.
- Bueno, dejemos el tema- dijo Suárez- Bastante tiempo nos ocupó. Decime, te enteraste de lo que le pasó al alemán Horst el viernes con un cliente?. Es para reventar de risa.



Fragmento 5

Los dos muchachos, vestidos ambos con vaqueros desteñidos y viejas camisas se detuvieron bajo un árbol para protegerse del sol. El más alto portaba un bolso.
- Ese es el quiosco, Andrés- dijo, señalando un pequeño negocio ubicado al frente de ellos, cruzando la calle.
Pocas personas transitaban por el lugar, acentuando el amodorramiento del modesto barrio suburbano.
El llamado Andrés no contestó, rascándose un brazo sin cesar y observando con fijeza el comercio.
- Calmate los nervios- aconsejó su compañero- La vieja está sola y a esta hora viene pocos clientes. Tengo bien junado al boliche.
- Hum...- gruño Andrés- Espero, Negro, que no estemos por hacer una gran macana. Es pleno día.
- Eso nos favorece- respondió con suficiencia el otro- Con el calor la gente viene, o temprano o a la tardecita. Y ahora la vieja tiene la guita de ayer y la que pueda haber hecho esta mañana.
- Sigo sin convencerme- insistió Andrés- Y yo estoy con la condicional. Si caemos, estoy bien cagado.
- ¡No seás gallina!- lo increpó el Negro- Parece que adentro, en vez de endurecerte, te convertiste en un flan. No va a pasar nada, te lo aseguro. Por lo demás, ¿tenemos alternativas? Estamos sin un puto mango.
Dos perros pasaron ladrando, enzarzados en una pelea. Un camioncito, despidiendo un reguero de humo negro por su escape, dobló penosamente por la esquina próxima. Unas palomas evolucionaron, gráciles, sobre ellos y se posaron en el árbol.
-Bueno- dijo el aparente líder- Entramos tranquilos, como buenos clientes.
Dejame hablar a mi. Y, por favor, piola, bien piola. No sos ningún principiante.
Cruzaron despacio la calle. Una vecina salió a barrer la vereda.
El apodado Negro masculló un insulto:
-¡Guacha de mierda! Justo ahora se le ocurre andar con la escoba.
Andrés seguía rascándose. Entraron al kiosco. El recinto estaba pintado con colores claros. Un ventilador de techo giraba, pausado. En varios muebles metálicos se exhibían cigarrillos, golosinas y otros artículos, además de diarios y revistas. Pero ellos sólo se fijaron en la señora de cabellos grises y ojos vivaces parada detrás del mostrador.
El Negro ensayó su mejor sonrisa y, señalando una marca de cigarrillos, solicitó:
-Un atado, por favor.
Cuando la comerciante se volvió para satisfacer su pedido, el muchacho sacó un viejo revólver del bolso.
- Déme la guita, rápido y sin hacer quilombo- ordenó en voz baja, apuntando a la mujer. Esta, al escucharlo, giró con premura y lo enfrentó. Había palidecido pero no se alteró.
- Esta bien- respondió, un imperceptible temblor en la voz- Tenga cuidado con el arma.
- Quédese tranquila- respondió- Obedezca y no le pasará nada.
La kiosquera sacó de un cajoncito del escritorio algunos billetes y un puñado de monedas y se las alcanzó.
-No hubo muchas ventas- explicó, como disculpándose.
El ladrón, con una expresión de fastidio, recogió el dinero, guardándolo en los bolsillos de la camisa. Dándole el bolso al silencioso y rígido Andrés le indicó:
-Meté cigarrillos, chocolates, cualquier cosa hasta llenarlo. Apurate.
Su compañero principió a cumplir lo sugerido. Se movía con cierta torpeza, como vacilando.
- Dale, pelotudo. No tenemos todo el día- se impaciento el Negro.
- Dejá de dar tantas órdenes, carajo- protestó su cómplice.
La señora, muda, observaba con atención su trajinar.
-Lástima que anden en esto, tan jóvenes- dejo de pronto.
El Negro sintió que la antigua furia comenzaba a crecer en su pecho.
- ¡Qué sabe usté!- barbotó- ¡Qué sabe usté! Cállese.
Agitando el revólver repitió, cada vez más exasperado:
-¡Qué sabe usté!
Y mirando a Andrés:
-¿Terminaste? Rajemos.
Entonces la comerciante dio unos pasos hacia atrás, quizás pretendiendo ir hacia una puerta que había en el fondo del local. El joven, una nube oscura enturbiando su mirada, le disparó sin hesitar. La mujer trastabilló, cayendo y golpeándose contra uno de los estantes.
-¡Qué hiciste, animal!- gritó Andrés.
Ambos, tropezando entre sí, buscaron la puerta de salida y, abriéndola, se precipitaron al exterior. Esquivando a una jardinera, comenzaron a correr por el medio de la calle, el Negro empuñando aún el arma. Dos mujeres, que paradas frente a un cerco de ligustros, atisbaban alarmadas el kiosco, al verlo traspusieron, veloces, una abertura del cerco. Un automovilista que venía en sentido contrario, maniobró bruscamente para no embestirlos. Los insultó al pasar a su lado. Ellos, sin fijarse en nada, prosiguieron su carrera. Un hombre morrudo apareci’9º saliendo de una casa con persianas verdes.
-¡Deténgase!- les gritó al verlos- Soy policía.
La pareja, sorprendida, interrumpió por un momento su carrera. El Negro tiró, errando. Gatilló de nuevo pero el revólver se atascó. El hombre usó una pistola que extrajo de entre sus ropas. El Negro se desplomó, quedando acurrucado en el polvo de la calle. Un hilo de sangre principió a colorear la tierra reseca. Andrés, dejando caer el bolso, levantó los brazos.
- Me... rindo- balbuceó- Me...rindo.
- El policía se le acercó despacio, mientras caras expectantes y asustadas comenzaban a aparecer en las puertas de las viviendas.



Fragmento 6

-Siéntese, doña Laura. ¿Gusta un mate? ¡Qué calor! Bueno, al fin y al cabo estamos en enero. Pero es temprano todavía. Y podría correr un poco de aire, ¿no le parece? ¡Suerte que vino! Tenía ganas de conversar con usté. Por lo de María Julia. ¿Cómo, no lo sabe? Me refiero a su relación con Chavero. ¿A usté no le parece mal? ¡Es un pésimo sujeto, doña Laura! No me diga que no conoce sus antecedentes. Todo el mundo acá los sabe. Con él, seguro María Julia va a ser muy desgraciada. Si, ya sé. No debemos meternos en asuntos ajenos. Cada uno sabe por qué se relaciona con alguien. Pero conozco a María Julia casi desde su nacimiento, desde que su familia vino al barrio. Gente muy buena, trabajadora. La madre era una santa. Nos dio una gran pena cuando murió, joven todavía. Desde luego, usté hace poco que vive aquí. No está enterada de muchas cosas. ¡Si yo le contara! El padre, don Augusto, se sacrificó mucho para criarla. Sólo, ¿sabe?, porque nunca volvió a casarse. Quiso mucho a la finada, por lo visto. Pero cuando la chica creció él ya no pudo controlarla. Ahí hubiera sido necesaria la presencia de la madre. ¡Así de injusta es a veces la vida! Según supe, conoció al malandrín ese en un baile. Los organizados por la comisión vecinal. Aquí nomás. Don Augusto nunca quiso que se alejara mucho de la casa. Tiene razón. ¡Hoy pasa cada horror! Pero ni aún con esas precauciones no pudo impedir la macana. Y paso una cosa lógica si se la analiza bien. María Julia, una muchacha tan inocente, tan sin experiencia, ¡cómo podía resistirse a tamaño sinvergüenza! Tiene lengua de seda y miel, aseguran. Me imagino cuanto le habrá dicho. Ella no es la primera, doña Laura, no es la primera se lo aseguro. ¡Si habrá desgraciado chicas! Pero, es inútil, nadie escarmienta en cabeza ajena. Y nadie, parece mentira, ha puesto en su lugar a ese cretino. Si yo fuera hombre y se animará a acercarse a una mujer de mi familia, le juro que lo haría pedazos. No le iban a quedar ganas de seguir sembrando desgracias, no. Hace poco hablé con don Augusto. Está muy preocupado. Me dijo, y yo lo entiendo, que es muy difícil razonar con una muchacha enamorada- ¡para colmo, su primer amor!- y lograr alguna respuesta sensata. Se puso contra él, me confesó don Augusto. Figúrese: contra su mismo padre, que vivió sacrificándose por ella. Dándole, dentro de sus posibilidades, todos los gustos. No duermo pensando en cuanto le pasará. Es un tipo violento, golpeador. Farrista incurable, por
supuesto. Tiene un puesto público. ¡Siempre se supo acomodar con los políticos! Es puntero de un dirigente muy conocido. No se rompe el lomo trabajando, ¡cualquier día! Pensar en la gente de bien que se ha quedado sin empleo, y esta basura vagoneando el día entero, meta hablar estupideces, y cobrando sus buenos pesos a fin de mes. ¡Es una injusticia que clama al cielo! Pero así van las cosas...¿Qué tal vez quiera de verdad a la chica y cambie? Por favor doña Laura, ¿usté todavía cree en los reyes magos? Ese tipo nació torcido y morirá igual, jodiendo mujeres, salvo que tropiece algún bendito día con alguien capaz de darle su merecido. Posibilidad muy poco probable. ¡Pobre María Julia! Y nosotras, las mujeres, reconózcalo, doña Laura, somos bastantes pavotas. Nos enamoramos o creemos estarlo- al fin es lo mismo- y cometemos cualquier locura. Ojalá Dios la proteja. Es lo único que pido en mis oraciones. ¿No quiere otro mate? Cierto, es un poco tarde para matear. Deben ser casi las diez. Y yo todavía no me he puesto en movimiento. Vea la casa está hecha un revoltijo. Y no sé qué hacer de comer. Con este bruto calor. Alguna ensalada, un bife. Nada complicado, liviano, cuestión de no cargar el estómago. Aunque mi marido es de muy buen diente. Carnívoro, por supuesto. Sí fuera sólo para mí con la ensalada bastaría. ¿ Se va, doña Laura? Le agradezco la visita. Que se repita. ¿Si hablé sobre el tema con María Julia? Un domingo, el mes pasado, antes de las fiestas, me animé a encararla. Con mucho cuidado, se imaginará. Pero se negó a escucharme. Medio de mala manera. ¡Ella tan dulce, tan respetuosa! Conmigo, especialmente. Me callé enseguida. El destino dirá. Adiós, adiós, doña Laura. Que pase un buen día y el calor no la martirice tanto.



Fragmento 7

- ¿Lee usted poesía?
- Muy pocas veces. ¡Como para poesía andan las cosas!
- Sin embargo, en estos tiempos sombríos, el contacto con la hermosura puede hacer bien, aligerar el ánimo, sentirse hermanado de alguna manera con esas personas capaces de crear obras enriquecedoras del espíritu.
- ¡Es usted un romántico a destiempo!
- Quizás. Y tengo, por así decirlo, mis poetas de cabecera. Miguel Hernández, en primer término. Luego García Lorca, Antonio Machado, Manuel, el hermano, también excelente, Rafael Alberti. Los grandes de la lengua, amigo. Y los nuestros. Algunos poemas de Borges- no todos- una selección también de Lugones, y Raúl González Tuñón, José Pedroni, el puntano Antonio Esteban Agüero. Como advertirá, mi selección es, al igual que todas, arbitraria. Responde sólo a las exigencias de mi sensibilidad. Aunque no creo estar descaminado. A todos ellos les sobra estatura poética.
- No cabe duda.
- Pero a veces también me gusta leer a los no muy conocidos. Uno se encuentra con sorpresas agradables.
- ¿Si?
- Seguro. Días pasados un amigo me alcanzó un poema de una autora a quien nunca había oído nombrar: Susana Michelotti. Le aseguro que es bueno. Aquí lo tengo. ¿Quiere escucharlo?
- Si no es largo...
- Téngame confianza. No abusaré de su paciencia. Se titula “El indiscreto” y dice así:
“Al corazón, al triste, hay que cerrarle el pecho,
no dejarle hablar más.
Es indiscreto.
Tiene recuerdos de las muertes vacías,
trae muchas vergüenzas olvidadas
y un puñado de penas verdaderas.
Al corazón, al triste,
hay que cerrarle el pecho.”
- Parece bueno. Entiendo poco...
- Lo es, no le quepa duda. Tiene substancia y la autora logra una forma despojada, austera, lejos de cualquier desborde verbal. Me gusta . Odio el palabrerío.
- Así, pues, hizo un descubrimiento.
- Si. Y me causó alegría. Son las pequeñas cosas capaces de hacer más tolerable la vida.
- No es muy optimista.
- No. Y tiene razón Susana: “Al corazón, al triste, hay que cerrarle el pecho”
¡En cuantas ocasiones debemos hacerlo!



Fragmento 8

El hombre maduro, de cabellos escasos, se movió inquieto en el sillón.
Tenía gotitas de sudor en la frente. Su voz era apenas audible:
-¿Quéres terminar, entonces?
El muchacho, un morocho delgado, mirando por una ventana entreabierta, no contestó. Continuó la voz mortecina:
- Significás mucho para mí, Alberto. Lo sabés bien. ¿Qué te he hecho? ¿Por qué esto, decime, por qué?
El joven seguía mirando por la abertura, mudo. El hombre se estrechó las manos hasta hacer blanquear los nudillos. Echándose hacia atrás en su asiento, apoyó la cabeza en el respaldo. Entornó por un instante los ojos. Luego suspiro hondo, reabriéndolos.
- No te niego nada. Te doy cuanto se te antoja. ¿Merezco un rechazo así?- gimió.
El muchacho se alejó de la ventana y fue hasta un escritorio. Pareció buscar algo en uno de los cajones.
- Estoy enamorado de vos. Te quiero como nunca quise a nadie. ¿Qué haré si me dejás?
Por fin Alberto habló, sin mirarlo, continuando su búsqueda en el cajón:
- ¿Alguna vez te hice promesas? Pudiste imaginar que lo nuestro no duraría siempre. Ahora se acabo y listo. Dejá de lloriquear, por favor.
El hombre se levantó pesadamente y se le aproximó. Le acarició un brazo.
- Pensalo de nuevo- rogó- Vos y yo podemos seguir siendo felices.
Su compañero retiró el brazo. Cerrando el cajón se encaminó de nuevo hacia la ventana. El hombre lo siguió pero no se atrevió a tocarlo.
- Si hubiera sabido que me ibas a hacer esta escena nunca hubiera tenido nada con vos, te lo juro- dijo el muchacho, duro su tono.
- Otra vez la soledad, otra vez los días vacíos, interminables. Teneme, aunque sea, un poco de compasión.
El amante se fastidió:
- ¡Acabala de una vez, carajo! ¿No podés mostrar algo de dignidad?
Hizo silencio un momento. Después añadió, riendo:
- No vas a tener problemas para conseguir otro. Sos generoso.
Repentinamente el hombre se arrodilló ante él y le tomó las manos. Sus ralos cabellos estaban desordenados y se veían fragmentos del rojizo cuero cabelludo.
- Te lo pido por última vez- dijo, espesa la voz- si me abandonás soy capaz de matarme.
El joven forcejeó para liberarlas.
- ¡Estás loco, bien loco! ¡Dejame!
El hombre principió a llorar. Gruesas lágrimas se deslizaban por las mejillas regordetas, donde ya apuntaba una barba incipiente, entrecana. Los sollozos eran entrecortados, un hipar tajeándolos a veces. Alberto Consiguió destrabar las manos y se apartó, furioso.
- ¡Pero hasta cuando vas a seguir haciendo escándalo, maricón de mierda!- gritó ¡Te digo que se terminó y se terminó! En la puta vida volveré a verte. En la puta vida.
Tomando un saco depositado sobre una silla fue rápido hasta la puerta, la abrió y salió, dando un portazo.



Fragmento 9

Tras regular el acondicionador de aire, el doctor Silva se dirigió al colega cómodamente aposentado en el sofá sito bajo el enmarcado diploma de abogado del dueño de casa.
- Aunque en forma muy traumática, doctor Martínez, al cabo se definió la situación. Cayó el mediocre De la Rúa.
- Pero cayó entre muerte y caos, doctor. El país está en una situación terminal.
- Por supuesto- coincidió su anfitrión- Aunque reconozcamos que en la crisis participó bastante el turco. ¡Diez años!
- En efecto- afirmó el otro letrado- Y pudo estar tanto tiempo, no lo olvidemos, gracias a la eficaz colaboración de Alfonsín. El pacto de Olivos tiene muy poco que ver con el de la Moncloa, al cual algunos delirantes quieren comparar.
- Sin embargo, seamos justos- dijo el doctor Silva- el riojano se enmendó de muchos errores y gobernó bien, a tono con los tiempos.
- Hubo mucha frivolidad y mucha innecesaria ostentación.
- Bueno- sonrió el doctor Silva- Nadie es perfecto.
- Somos personas grandes, doctor. Hemos vivido esta república, hemos participado, somos políticos. Y en base a mi experiencia, que estoy seguro coincide con la suya, debemos admitir, nos guste o no, que el último estadista elegido para gobernar a la Argentina, fue Frondizi.
- Es muy posible. ¡Y así lo trataron!
- Esas cosas suceden- reflexionó el doctor Martínez- porque la república es un territorio donde el mediocre tiene mucho más campo de acción que el talentoso. ¡Hasta Isabelita fue presidente!
- ¿Quién fue culpable de esa aberración, doctor? ¿Es preciso nombrarlo?
- Seguro el viejo no pensaba morirse tan pronto.
- Pero vamos a los hechos concretos- dijo el doctor Silva- En la reunión de esta noche del comité deberemos sacar una declaración fuerte y clara. Con Gutti, Rodríguez y Palacios nos hemos permitido pergueñar un borrador. Se lo someteremos a consideración.
- ¿Ah, sí?- dijo el correligionario, trasluciendo cierta molestia en su tono.
- Ha sido para apresurar los tiempos- fue la presurosa explicación- Todo queda, como es natural, supeditado a la aprobación del comité. Incluso puede ampliarse el grupo redactor.
- Por descontado- la voz se suavizó- De cualquier manera, la idea fue buena.
- Esperemos que la mayoría del comité siga en la ciudad. Mal mes de enero realizar actividades políticas.
- La situación tiene la suficiente gravedad como para exigir sacrificios sentenció el doctor Martínez- Por suerte, tengo la quinta. Desde la víspera de navidad nos instalamos allí.
- Yo mandé a mi familia al campo. Ojalá que en la segunda quincena pueda reunirme con ellos.
- Lo más serio es la actitud de la gente- afirmó su interlocutor, tornando el tema central- Han copado las calles. No respetan ni creen en nada ni nadie. Existe un estado de real subversión. Hay que proceder, no solo con rapidez sino con mucho tino. Ya estarán actuando agitadores, seguro. Defender a las instituciones es lo primero.
- No cabe duda. Para colmo, esa semana del puntano fue nefasta. El hombre creyó, por lo visto, que estábamos en el cuarenta y cinco.
- Ya sabemos cómo son los peronistas. Recuerde la definición de Borges. ¿Procederá distinto Duhalde?
- No tendrá otro remedio. Si pretende, desde luego, continuar con el cargo.
- Confiemos. Nuestro partido, doctor, tiene una enorme responsabilidad. Somos conservadores en el mejor sentido de la palabra. Queremos preservar los valores permanentes de la nacionalidad.
- Así es. Debemos ser el fiel de la balanza. Claro que, como siempre, todo se resolverá en Buenos Aires. Por suerte, allí tenemos correligionarios muy capaces, bien vinculados al poder real.
- Cierto. Pero deben tener el apoyo firme de quienes actuamos en el interior. Y lo fundamental de tal apoyo será la claridad de las ideas que podamos aportar.
- Así iremos reforzando la red donde caerán los enemigos de nuestro sistema de vida. Y esa red debe cubrir cada fragmento de la patria.
- Es usted elocuente, querido amigo. La izquierda, seguro tratará de aprovechar, como lo hace siempre, las dificultades.
- Ellos no me preocupan.
- ¿No le preocupan?
- En absoluto. Aparte de ser pocos, jamás han sido capaces de unirse. Se juntan cuatro gatos y de inmediato se proclaman dueños absolutos de la revolución, propiedad que, huelga, decirlo, no quieren compartir con nadie. Me preocupan, en cambio, dos posibilidades: que surja, de la presente anarquía, algún aventurero carismático, al estilo del venezolano Chávez, y, resulta triste decirlo, la actitud de ciertos miembros de la iglesia. Parecen no darse cuenta de que están jugando con fuego. No se discute su derecho a hacer escuchar su palabra rectora, pero deben tener mucho cuidado al expresarla.
- Descuide. Cada palabra pronunciada por la jerarquía está pensada afondo. La avalan dos mil años de experiencia. ¿O lo olvida usted? Por otra parte, me imagino que no estará en desacuerdo con su mensaje.
- Jamás lo estaré. Cada una de sus palabras quedan bien grabadas en mi mente. Pero, ¡qué quiere usted!, no soy de aquellos creyentes incondicionales. No lo puedo olvidar: la iglesia está integrada por hombres. Cumpliendo una sublime misión, claro, pero hombres potencialmente falibles al fin. Y algunos de ellos dispuestos a ir muy lejos.
- La misma iglesia, en ese caso, se encargará de corregirlos. Hay demasiados ejemplos a lo largo del tiempo. Por otra parte, ella sirve de eficaz muro de contención a los desbordes extremistas. Sobre todo en países como el nuestro, donde su influencia es aún ponderable.
El doctor Silva, pensativo, contempló un momento a su colega, y luego dijo en vos baja, como para sí mismo:
- En caso de que los acontecimientos sean incontrolables por los medios constitucionales- no lo creo, pero es necesario considerar todos los factores- no me cabe la menor duda de que nuestras fuerzas armadas, con su patriotismo y su sentido del sacrificio, sabrán evitar la disolución nacional, acompañados, se entiende, por quienes, desde la civilidad, estamos dispuestos a todo para salvar a la república.
- Evitemos los vaticinios agoreros- respondió Martínez- Creo, como hombre de derecho, que se podrá solucionar la crisis dentro de la legalidad. Desde luego, para superarla necesitaremos la ayuda del Fondo Monetario y de otros organismos internacionales. Y mantener uno de los mayores logros de nuestra reciente política exterior: la excelente relación con Estados Unidos.
Para lograrla será un requisito indispensable mantener el normal funcionamiento de nuestras instituciones, asegurar la continuidad jurídica. Muy mala señal ha sido la declaración del default.
Levantándose, palmeó a su colega.
- Nos veremos en el comité. ¡Lástima el desprestigio que nos rodea a los políticos!
- La gente mete a todos en la misma bolsa- rezongó el doctor Silva- Hay quienes se empeñan en destruir nuestra reputación. ¿Pretenderán una democracia sin partidos?
Acompaño al doctor Martínez hasta la puerta del estudio y le estrecho la diestra. Abriendo el rectángulo de color gris:
- Adiós. ¿Anda en el auto? El calor agobia.



Fragmento 10

Me alegra comenzar a trabajar en este nuevo libro envuelto en la luz de enero. Me place empaparme de su claridad. Quizás ella sea capaz de introducirse en mi mente y me haga avanzar sin mayores tropiezos en el océano de palabras a través del cual deberé navegar los próximos meses. ¡Y que me sean propicios los vientos de la creación!
Comenzaré a cambiar de realidad. Poco a poco abandonaré este paisaje cotidiano para irme introduciendo en otro poblado por los personajes. Compartiré sus horas, los acompañaré participando en sus penas y alegrías, sus esperanzas y temores. Me convertiré, de alguna manera, en un personaje más, con la responsabilidad de ser el cronista encargado de narrar cuanto les ocurra, la mirada y el oído atentos al más insignificante detalle. Al mismo tiempo será imprescindible mantener la objetividad, el mirar imparcial capaz de garantizar el tratamiento correcto de los episodios que irán señalando el avance de la trama. Como es habitual en mi, he pensado largamente los puntos esenciales que sostendrán la historia. Según acostumbro, lo hice en el transcurso de largas caminatas. Por ello, cuando al encontrarme durante mis paseos con algún conocido éste me decía: “¿Caminando, amigo. Hace bien. Es bueno para la salud”, yo respondía: “No, estoy escribiendo.”, y continuaba marchando ante la mirada tal vez sorprendida del transeúnte.
En este nuevo desafío que me apresto a iniciar, surgieron, sin embargo, dos problemas ausentes en mis anteriores trabajos. Uno conceptual: ¿Cómo abordaría el relato? ¿Continuando con mi enfoque realista, dentro de la relatividad del término, pues en lo ficcional, ya se sabe, la reina es la imaginación, o me lanzaría con audacia a ampliar las fronteras que hasta ahora delimitaron mis creaciones? No era fácil elegir. El acatamiento a las normas del realismo literario ha signado mi labor. Aunque, ¿qué es la realidad? ¿No es acaso la así llamada un fenómeno compuesto de infinitas capas, de múltiples facetas? Ya lo sé, son viejos interrogantes, pero si aún algún posible despistado como se los plantea, es porque siguen existiendo, ¿o no? El otro problema se refiere a la forma. ¿Escribiría una novela? En la actualidad se habla de escritura y no de género. Al respecto, tengo mis dudas. Escribir sería... escritura. Me huele a simple tautología. En resumen, no significa nada. O, más bien significa una incitación al facilísimo. Cualquier cosa puede ser cualquier cosa. A mi esto me choca. Por vocación soy cuentista, un género, en particular el cuento breve, enmarcado por rigurosos límites. Resolví los dos problemas de la siguiente manera: Seguiré mi impronta realista, pero dentro de amplias fronteras, y escribiré una novela. Elegí este formato porque el tema a desarrollar desborda los márgenes de mi género favorito. El único cauce capaz de contenerlo es el novelístico, aprovechando la infinita libertad que permite la novela actual, artefacto polimorfo y polisémico, donde todo cabe, hasta la antinovela. No tengo otro camino. Pretendo recrear los diversos niveles, las múltiples facetas que conforman el discurrir de una median ciudad provinciana, “el interior del interior”, como gusta decirse hoy. Después de reflexionar mucho, de robarle horas al sueño procurando hallar la ruta correcta para concretar mis objetivos, hallé una: Serán fragmentos, episodios aislados, inconexos, pero que, si tengo éxito, permitirán ir diseñando la urdimbre donde se unificará el devenir de mi hipotética ciudad. Incluso podrán leerse en forma autónoma. Unicamente respetaré dos normas de la preceptiva: habrá unidad de tiempo y de lugar. Los avatares se desarrollarán desde la mañana temprano hasta la noche. Tiempo más que suficiente, si soy capaz de pergeñar una ficción eficaz, para que en él quepan la vida y la muerte, lo trivial y lo profundo. Considero que en treinta o cuarenta episodios conseguiré plasmar mis propósitos. Ahora bien, ¿Seré capaz de hacerlo? ¿Lograré establecer los distintos niveles de lenguaje? ¿Captaré la médula de esta, repito, hipotética ciudad? Veremos. La desnuda pantalla de la computadora está, desnuda ante mi, lanzando su desafío. Se abren cada vez más los pétalos de la luz. Debo comenzar.



Fragmento 11

La delgada mujer, vestida con un corto batón floreado y cubierta su cabeza por un trozo de tela oscura, se apoyó contra el alambrado y gritó:
- ¡Vengan, chicos, vengan enseguida!
Las criaturas, tres varoncitos y una niña, semidesnudos, no le hicieron caso, continuando sus juegos en el descampado extendido frente a la vivienda. Cerca de ellos se desparramaba un basural, sobrevolado por un enjambre de moscas zumbadoras.
- ¡Vengan o los voy a buscar!- insistió la mujer, cruzando los alambres por una abertura y plantándose, amenazadora, sobre el polvo del baldío.
- ¡Dejanos jugar!- respondió uno de los chicos- Esperá un ratito. Ya vamos.
- El sol, está muy fuerte. Les hará mal. Jueguen abajo del paraíso. Ahí hay sombra.
Después de hablar entre ellos, los niños resolvieron obedecer. La madre dio un coscorrón a la chica cuando pasó ante ella.
- ¡Sos la pior, mocosa de porquería!- protestó- Parece mentira que seás una mujercita. ¡Te voy a dar!
La criatura, riendo, escapó tras sus hermanos. La mujer los siguió. Ellos se agruparon bajo la sombra mezquina del árbol.
- ¡Acá no podemos hacer nada!- se quejó el mayorcito- No hay lugar.
La hermana se apoyó contra el cercano revoque descascarado de la única habitación de la vivienda. Un pequeño cobertizo de madera que alguna vez lució una pintura verde, oficiaba de cocina. Próxima estaba la letrina.
- ¿Ves, mami?- dijo- Nos hubieras dejado allá. ¿Qué nos va a hacer el sol? estamos requemados ya.
- Pueden enfermarse- le respondió- ¡Lo único que nos falta!
Una mujer regordeta y algo chueca atravesó en ese momento el alambrado.
- Buen día, doña María- saludó con voz atiplada, acercándose al grupo.
- ¿Cómo le va, doña Matilde?- respondió la dueña de casa- Venga, vamos a la cocina.
Ambas se encaminaron al cobertizo, mientras los chicos, enfurruñados, quedaban bajo el árbol.
La construcción de madera era pequeña, con piso de tierra apisonada, bien regado. Un ventanuco dejaba entrar la luz. Doña María le acercó un banquito a la vecina.
- Siéntese. Póngase cómoda- invitó.
- No se aguanta el calor- comentó la visitante.
- Y no tiene miras de llover.
- Si llueve mucho, usté sabe, puede ser pior- conjeturó doña Matilde- Nos vamos a inundar otra vez.
- Es el destino del pobre. Estar siempre jodido.
- Pero tan mal como ahora yo no me acuerdo haber estado nunca.
- Verdá- concordó doña María, sentándose en otro banquito- Parece mentira. No se consigue nada de trabajo.
Mirando hacia una vieja cocina de querosene donde barboteaba el agua contenida en una cacerola:
- Disculpe que no le ofrezca un mate. Hace tres días se nos acabó la yerba. El bolsón de la municipalidá no alcanza. Al Ramón le tuve que servir el mate con yerba resecada. Y él no aguanta sin unos amargos. Tengo guardada un poquito, le confieso, pero ésa es para prepararle un poco de mate cocido a los chicos.
La gorda tosió. Luego:
- Los míos van ala mercado de abasto. Ahí saben conseguir algo entre las verduras que tiran. A nosotros tampoco nos alcanza el bolsón.
Carraspeando, salivó.
- A mi marido lo hecharon hace tres meses. No me acuerdo si se lo dije. Ahora hace changas. Tampoco es fácil conseguirlas. Ricardito, el mayorcito, va al centro a limpiar vidrios de autos, pero saca muy poco. Gracias a Dios conseguí ayer conchabarme por horas en una casa. Principio mañana. Siempre serán unos pesos más.
- El Ramón consiguió un trabajito: arreglar una medianera- respondió doña María- Antes trabajaba con Fredetti, el constructor, pero, ¿quién edifica en estos días?
Las dos mujeres quedaron en silencio. Unos pollitos esmirriados entraron al cobertizo, buscando algo para picotear.
- Vea a los pobres- dijo doña María- Ellos también andan con hambre. A las gallinas, salvo la madre de éstos, ya las comimos. ¡Ni el gallo se salvó!
Dos perros grandes, marcadas las costillas, pasaron ante la puerta, duramente destacados por la claridad solar. Se oyó la voz de la niña que los llamaba:
- ¡Gaucho, Lobo, vengan!
La vecina se levantó despacio.
- Seguiremos. Se va yendo la mañana. Hasta cualquier rato, doña María.
- No se pierda- le respondió ésta, acompañándola hasta el alambrado- Déle saludos a su marido.
- Serán dados. Lo mismo digo para don Ramón.
Con paso tardo la gorda se fue alejando. La dueña de casa regresó a la casita.
- ¿Ven que están mejor a la sombra?- dijo a los niños al pasar ante ellos.
- ¡Pero no podemos hacer nada!- protestaron a coro.



Fragmento 12

El hombre, rubio, de facciones acusados, se paró delante de la estiba de maderas erguidas a un costado del enorme galpón, junto a otro de rasgos parecidos a los suyos, pero canoso.
- Hace mucho que no nos vemos, hermano- dijo el primero.
- ¡Si nunca aparecés- le respondieron- Y yo, entre el negocio y atenderla a Fernanda, poco tiempo tengo para hacer visitas.
- ¿Cómo está?
- Y... mal. Es un proceso irreversible.
- ¿Qué dicen los médicos?
- Eso. Que es un proceso irreversible. No dan, por supuesto, un plazo determinado para el desenlace. Lo seguro es su paulatino agravamiento. ¡Santo Dios, pasarme esto!
- ¿En Buenos Aires te dieron el mismo diagnóstico?
- Igual. El tratamiento es un simple paliativo. Ayudarla a bien morir, para ser claro.
- No me he animado a ir a verla- comentó el rubio- Tengo su imagen: siempre tan activa, tan vital. Parece imposible lo que le ha ocurrido.
El canoso terminó de revisar la estiba.
- Así de injusta es la vida- afirmó, en voz baja.
Tomó de un brazo a su hermano.
- Vamos al escritorio a tomar un café- invitó- Ahí está fresco.
Caminaron entre pilas de tablas. Algunos peones circulaban alrededor. El perfume de las maderas deambulaba por el aire. En un gran rectángulo encristalado funcionaba la administración. Tres jóvenes permanecían ante las computadoras y otro atendía a una persona en el mostrador. Un par de ventiladores hacían tolerable la temperatura.
- Hola, tío- saludó el muchacho del mostrador.
- ¿Cómo te va, Alfredo?- Contestó el rubio, siguiendo al hermano que lo condujo hacia un escritorio oscuro ubicado en el extremo del rectángulo.
El canoso le arrimó una silla.
- Sentate, Armando- le dijo, mientras él lo hacia en un sillón giratorio.
- ¿Marcha el negocio?- inquirió el visitante, acomodándose.
- Como la mona, te podés imaginar. No se vende nada. Y ahora, con esta bruta devaluación, empeorará. La mayor parte de la madera es importada. Se deben poner dólares para traerla. Figurate.
- Llamó a uno de los empleados.
- Mario, traete un par de cafés, por favor- pidió.
Apoyó sus gruesas manos con manchas amarronadas sobre la pulida superficie del mueble.
- ¿Y vos, cómo andás?- se interesó.
- Así nomás.
- ¿Quién iba a pensar que el país llegaría a esto, verdad?
- Y andará peor, ponele la firma.
El comerciante se acarició la cabeza.
- Te lo juro: hay días que tengo ganas de cerrar el negocio y mandar todo al carajo.
- En realidad, Eldo, vos estás en condiciones de retirate. Dejá que la pelee Alfredo. En todo caso, dedicate a cuidar y acompañar a Fernanda- sugirió Armando.
- Es imposible. Si yo no estoy, nada marcha. Alfredito es muy verde todavía. ¡Y en semejantes días! Aparte de la caída de las ventas, ¿sabés la cantidad de cheques que rebotan? Da miedo.
En una bandeja dejaron los pocillos humeantes y un azucarera.
- Lo tomo sin azúcar- dijo el rubio y apuró un sorbo- Está bueno.
Él puso dos cucharaditas en su café.
- No debería hacerlo, pero me gusta bien dulce- afirmó, como disculpándose. Y agregó:
- Estoy todo el tiempo posible con Fernanda. Ella es muy bien cuidada. La atiende una enfermera. Además, doña Anunziatta es una verdadera madre para la pobre. ¡Hace tanto tiempo que la gringa está con nosotros! Forma parte de la familia.
Permanecieron una momento en silencio. Armando terminó de beber la infusión. En ese momento un transporte semiremolque entró despacio por el amplio portón. El ámbito del galpón pareció estrecharse ante su presencia. Se detuvo con resoplar de frenos. Al verlo, el maderero se irguió.
- Esperame- dijo- Viene del Paraguay y trae una carga importante.
Salió del escritorio acompañado por su hijo y por uno de los empleados. Ya junto al camión comenzó a conversar con el conductor que, ágil, había descendido de la alta cabina portando varios papeles.
El rubio se entretuvo en observar las tareas realizadas en el lugar. En su cara, algo tensionada, como a extenderse, como una sombra, el aburrimiento.
Media hora después regresó Eldo. Le sonrió:
- Debes tener paciencia. Van a descargarlo enseguida. Debemos hacerlo rápido. El camionero quiere regresar lo antes posible.
Tornó a sentarse.
- ¿Es sólo una visita o andás necesitando algo?- le preguntó con un aparente tono ligero, desmentido por la expresión alerta de su mirada.
Armando hesitó un instante antes de responder, pero al hacerlo habló con firmeza:
- Mirá, Eldo se me ha presentado una dificultad seria. Producto de la situación, desde luego, pero debo afrontarla la semana que viene.
No me equivoqué, penso el comerciante. No viene nunca, y cuando aparece es para pedirme algo. ¿Cómo podemos ser hermanos? Nunca tuvimos nada en común, cada uno tomó un rumbo muy distinto en la vida, apenas si nos reuníamos en las fiestas de fin de año, cuando todavía estaban los viejos. Después jamás.
Muchas veces me ilusioné en que podríamos tener una verdadera relación fraternal. Es mi único hermano. Ilusiones. Trató de impedir que sus sentimientos se traslucieran en la voz al responder:
- ¿De qué se trata?
- Debo pagar sin falta una deuda.
- ¿Es mucha?
- Cuatro mil.
- Dólares.
El do silbó suavemente. Cuando habló, sin embargo, se refirió a un tema distinto por completo al motivo de la conversación.
- Yo también estoy en tratamiento médico- dijo.
Armando, sorprendido ante el giro tomado por la entrevista, no contestó.
Tuve unos dolores medio raros en el pecho- prosiguió – Me preocupé. Imaginate. Lo único que faltaba es que yo cayera. Fui sin tardanza a ver un cardiólogo. Por suerte, de los estudios que me hicieron no surgió la existencia de nada orgánico. Tensión, nada más. La maldita tensión. Me derivaron a un siquiatra y él me está atendiendo.
- Pero mirá...- contestó por fin su hermano, con tono desabrido.
- Voy mejorando un poco. Estoy medicado, claro. Aunque, mientras no desaparezcan las causas... Me dijo el siquiatra que las consultas por ansiedad y depresión se han duplicado en los últimos meses.
Armando ya no le siguió prestando atención y volvió a lo que le interesaba:
- Bueno, decime, ¿me podés facilitar el dinero?
Eldo, en silencio, miró largamente a su alrededor.
- Es importante mi negocio- comentó después- Importante de verdad. Pero hoy no tengo disponibles los cuatro mil dólares que necesitas. Te parecerá imposible, pero es así.
- ¡Por favor!- explotó su hermano- No me salgás con eso.
- Te he explicado la situación, creo. ¿No la entendés? Soy sincero, no dispongo de esos dólares.
Armando se levantó con brusquedad de la silla.
- Gracias, de todos modos- exclamó con amargura- Ya lo sé. Te he molestado varias veces. Esta bien. Yo no tengo tu habilidad comercial. Veré de arreglármelas de algún modo.
Sin despedirse, se encaminó hacia la salida. El canoso lo siguió, afligido su rostro.
- Esperá, Armando, no te vayás así.
Este no le respondió, apresurando el paso. Elso se detuvo, viéndolo irse.



Fragmento 13

Pese a mis esfuerzos, cada vez es mayor la brecha existente entre Mariela y yo. Como es habitual es estos casos, supongo, comenzó de apoco y, según pasaba el tiempo, se iba ensanchando y ensanchando hasta llegar a las, temo, irremediables dimensiones de hoy. Tengo la culpa, no ceso de recriminarme, algo falló en mi, permitiendo llegar a esta situación. Mariela, en apariencia, sigue siendo la mujer de la cual me enamoré. Serena, observadora, con ese aire de dulzura que constituye, para mi, su principal encanto. La diferencia consiste en los cada vez más prolongados lapsos de silencio existentes entre ambos, en esa tristeza que suele opacar su mirada, y, sobre todo, en que su pasión de antaño amenguó. Desde luego, tenemos seis años de matrimonio. El transcurso del tiempo, dicen, va entibiando los iniciales ardores. No lo sé. Supongo que en esto, como en otras cosas, cada, cada pareja tiene sus propias pautas, su intransferible singularidad. Pero lo real es cuanto nos está pasando. Por otra parte, está disminución, creo, tendría que ser equilibrada por el crecimiento de otros sentimientos, de otras emociones. La ternura, por ejemplo, esa sutil fragancia del amor. Al comienzo, tomarnos de la mano nos provocaba un inefable placer. El tibio contacto de las palmas bastaba para hacernos experimentar una maravillosa sensación. Así solíamos recorrer cuadras y cuadras, sintiendo como nuestra sangre era vivificada por el simple asombro de existir, de sentir como nuestra piel absorbía el esplendor de la luz. Ahora parece haberse instalado una pertinaz penumbra entre nosotros. Y vuelvo a repetirme: ¿En qué fallé? Tengo la conciencia tranquila. Jamás hice adrede nada capaz de enturbiar nuestra relación. Ni siquiera la imposibilidad de Mariela para procrear pudo disminuír mi afecto. Nos esforzamos por el contrario, en tratar de superar el problema, aunque, por desgracia, no tuvimos éxito. ¡A cuántos especialistas consultamos! ¡Cuántos estudios nos hicieron hasta comprobar, sin lugar a dudas, su esterilidad! Y cuán mucho la afectó. ¡Cómo no la va a afectar! Pero esa imposibilidad la sabemos desde hace mucho tiempo y no pareció disminuir su pasión. No tenemos, afortuna-damente, situaciones familiares conflictivas. Mariela se lleva bien con los míos y yo tengo verdadero afecto por los suyos, en especial por don Ramiro, mi suegro. Tampoco existen problemas laborales. Ambos trabajamos en la universidad y, si bien la actual situación no es la ideal, estamos lejos de sufrir los tremendos problemas tenidos por otros sectores. No, debo admitirlo, nada hay capaz de justificar el estado actual de nuestra relación, excepto la natural fatiga producida por el paso del tiempo. Salvo que... salvo que...no quiero ni pensarlo. Es más: no debo ni pensarlo. Empero, asomando muy despacio su rostro repugnante, creciendo poco a poco en mi mente, desparramando una hedionda, espesa sustancia, amagándome las jornadas, la sospecha se afirma: ¿Habrá surgido otro hombre en la vida de Mariela? Pero, ¿Quién?, ¿Dónde?, ¿Cuándo? Rechazó con firmeza la sospecha. No ningún derecho tengo a tenerla. Es ofender a Mariela, menoscabar esa sencilla dignidad tan propia de ella. Me siento un canalla al sólo tener un instante ese pensamiento. Sin embargo... La contemplo, atisbo sus menores gestos, peso sus cada ves más escasas palabras, me golpea la tristeza agazapada en sus ojos. Mi orgullo me impide buscar su cuerpo. Duermo mal, con frecuencia estoy malhumorado, aumenta mi recelo. Por suerte hasta el momento no se han producido riñas graves entre nosotros. Esto, debo confesarlo, es mérito sobre todo de Mariela, fruto de su inalterable calma. Pero, ¿hasta cuándo durará esta quietud, este mentiroso mar apacible, sin oleaje? Lo indudable es mi paulatino derrumbe espiritual, el avance incontenible de una infelicidad amarga royéndome los huesos. Por Dios...



Fragmento 14

- Alcanzame la ensalada.
El pedido de la muchacha interrumpió el silencio cernido sobre la mesa. Su padre satisfizo el requerimiento. La madre, ajado el rostro, los ojos enrojecidos, murmuró:
- ¿Volveremos a estar todos juntos aquí?
El hijo, sentado a su lado, le pasó un brazo en torno a los hombros. Intentó dar un tono ligero a su respuesta:
- Seguro, mamá. Peleándonos como siempre para conseguir el pedazo más grande de esta tarta tan rica que hacés.
La señora sollozó. El muchacho la atrajo hacia sí.
- Calmate, mamá- le dijo- Nadie se ha muerto. Y mi viejita es una mujer muy valiente. Así ha sido siempre. ¿Va a aflojar ahora? Qué no se diga...
Irritada, la joven protestó:
- Terminala, mamá. Todos estamos tristes. A nadie le gusta que Daniel se vaya, pero es preciso sobreponerse. En realidad, deberíamos alegrarnos porque se va buscando un mejor futuro. Ojalá hubiera podido irme yo. No, mamá, te comprendo, pero estás actuando mal. ¿Qué imagen se va a llevar Daniel? ¿Así le das ánimo? Vamos, siempre te consideré una mujer fuerte, valiente, como dice Daniel. A no aflojar, caramba.
El padre intervino:
- Los chicos dicen lo justo, Agustina. Permanezcamos enteros. ¡Qué joder! Este almuerzo debería ser una verdadera fiesta para despedirlo y desearle buena suerte y en cambio parece un velorio.
Miró al anciano que ocupaba la otra cabecera.
- ¿Qué dice usted, don Jesús?
El viejo dejó con lentitud el tenedor sobre la mesa. Terminó de masticar y luego respondió:
- Pues claro, para los hombres se han hecho las empresas. ¡Quien teme algo a su edad! Yo tenía diecinueve cuando combatí en la batalla del Jarama. El camarada Líster nos arengó y nosotros nos lanzamos contra los fachistas, bien puesto los cojones. Deja de lloriqueos, mujer. Tu hijo estará muy bien en España.
Callando, se paso una servilleta por los labios.
- Cuando nosotros vinimos, después de la guerra, este país nos recibió con los brazos abiertos. Hoy España procederá igual con nuestros nietos. Daniel miró con cariño a don Jesús. ¡Qué gran tipo era! Debía tener como ochenta y cuatro años. Y ahí estaba, erguido, fuerte, sin haber perdido su castizo modo de hablar. Sonrió y le dijo:
- Me gustan mucho sus ideas, abuelo. Y aunque deba pelearla duro, porque según tengo entendido, allá nadie regala nada, estoy dispuesto a darle sin asco y salir adelante. Por otra parte, ¿qué porvenir tengo acá? Ninguno.
- Verás lo hermosa que es Madrid- respondió- Cuando la recorras, salúdala de mi parte. Te irá bien, zagal. Tienes tu contrato de trabajo.
La madre, apartada del hijo, secó sus ojos con un pañuelo.
- Es una vergüenza que la juventud deba irse de su patria- exclamó, quedo- Es una vergüenza...
El padre abandonó de repente su asiento.
- ¡Con este lío me olvidé del asado!
Y salió rápido del comedor.




Fragmento 15

Se extendió boca arriba sobre la gramilla, bajo un sauce. Contempló con sus ojos grises el firmamento blanqueado por el calor. La densidad de la siesta lo enervaba. Un moscardón zumbó alrededor de su nariz. Lo espantó. Cerca de la hilera de árboles discurría plácido el río. Con apenas unas ondas alterando su caudal. Un olor a verde y agua aligeraba la atmósfera. El hombre entornó los ojos. Desde algún lugar llegaban risas juveniles. Sintió cómo de a poco su cuerpo se iba fundiendo con la tierra. Era una sensación dulce, plena de una antiguo misterio. Se apoderaba de sus músculos, regulaba el fluir regular de su sangre. El aire llenaba con delicadeza sus pulmones.
Respiraba con alma. Cada vez sentía más disuelta su carne. ¿Era esto lo querido? ¿De tal manera lograría la ansiada paz? Imágenes de su infancia comenzaron a poblar su cerebro. En ellas revivían otro río, un cielo de más intenso azul, viejos álamos buscando altura. Lo único idéntico era esa confusa inquietud que lo acompaño siempre. Profanando, incluso, la sólida seguridad de la infancia. De pronto recordó a Manuel y Efraín, los compañeros inseparables de esos años. La honda, el bolón de acero, las rugosas piedritas claras para lucirse en la payana. Después, a partir de la adolescencia agitada, comenzó el paulatino derrumbe de su morada interior. Ladrillo a ladrillo se fue cayendo. Resultó inútil cambiar de paisajes, de rostros, de voces. Inútil también ejercer variados oficios, poseer variadas mujeres. Deambuló por pueblos y ciudades, incapaz de arraigarse en parte alguna. Esa ciega y sorda desazón parecía incrustada en su ánimo. Fue un verdadero “judío errante”. Anhelando de continuo disolverse en una tierra que lo acariciara y contuviese.
Quizás hoy sería el día, llegado por fin en las márgenes del río que atravezaba esa ciudad a la cual arribará días antes. Abriendo los ojos, frunció los labios. ¡Iluso, pobre iluso! Tres muchachas con breves trajes de baño pasaron a su lado. Una lo miró de reojo. Una pareja sacaba del baúl del auto detenido cerca almohadones, sillas plegadizas y una heladerita portátil.
La mujer era chueca, de vientre abultado. El presunto marido, los anteojos en la punta de la nariz, lucía un pantalón corto desde donde se extendían, melancólicas, las piernas largas y peludas. Dos chiquillos gritones completaban el grupo. Los observó mientras acomodaban sus enseres. ¿Este aspecto ofrecería él si hubiera constituido una familia? ¿Tan anodino como ese tipo?
Se imaginó haciendo el amor encima de la chueca, jadeante y sudoroso, cumpliendo con su obligación marital, pensando tal vez en alguna hembra provocativa admirada en otro sitio. Rió para sus adentros. Igualmente se vería estúpido y ridículo, pobre bípedo bien domesticado, indudable pilar de una sociedad correctamente organizada, protegida por Dios, base indudable de la patria. ¡Mierda! Cerró de nuevo los ojos. Quiso pensar en algo agradable, alegre y colorido. No pudo. Se había separado de la tierra. Recobró su triste autonomía. Se movió, inquieto, traspasado por la conocida tristeza.



Fragmento 16

La secretaria entró al despacho luciendo su paso danzarín.
- Una señora desea verlo- anunció.
Faletti dejó de revisar un resumen bancario e hizo un gesto de fastidio.
- ¿Dijo quién era?
Una fugaz chispa burlona iluminó los ojos de la empleada.
- Si. La señora Raquel. Parece ser muy amiga suya.
El ahogó una interjección de fastidio.
- Hágala pasar- gruño.
Una sonrisa:
- Bueno.
De nuevo el desplazamiento ágil.
- ¿Le invento una entrevista para que no se quede mucho tiempo?- preguntó antes de abrir la puerta.
- No... En todo caso la llamo por el intercomunicador.
Un instante después apareció la visitante, una mujer madura, angulosa, de pelo entrecano, su rostro mostrando vestigios de una antigua hermosura.
- ¿Cómo te va, Rodolfo?- lo saludó, dándole un beso en la mejilla- Disculpá la molestia, pero deseaba consultarte sobre un... problema.
Parecía nerviosa. Faletti se esforzó por ser cordial:
- No faltaba más. Ya sabés, siempre me hago un tiempito para conversar con vos.
Abandonando su sitio tras el escritorio le tomó de un brazo.
- Vamos a sentarnos en esos sillones. Estaremos más cómodos.
Se arrellanaran en ellos. La inquietud de Raquel parecía aumentar.
- ¿Y, de qué se trata?- la animó su amigo.
Bueno... seguro te va a parecer alguna de mis ... rarezas. Pero te considero mi asistente espiritual- dijo, lenta, eligiendo las palabras.
- Debe ser importante, me imagino. ¡Para salir desafiando semejante calor!
- Acá está lindo.
- Si. El aire acondicionado. De lo contrario no podríamos trabajar.
Ella buscó en su cartera, sacando un paquetito de pastillas.
- ¿Querés una?- invitó.
Faletti contuvo su impaciencia.
- No, gracias.
- Yo no paro de saborearlas. Desde que dejé de fumar me son imprescindibles.
El hombre miró su reloj de pulsera.
- No quiero apurarte, desde luego, pero hoy tengo un día algo pesado...
Raquel se movió, descruzando sus piernas. De inmediato tornó a cruzarlas.
- Por supuesto. Perdoname. Se trata de un problema... sentimental.
Faletti se asombro:
- ¿Sentimental? ¿Vos...?
- ¿Acaso no puedo tenerlo?- respondió, un ligero fastidio transparentándose en su voz.
- ¡Claro que podés tenerlo! Pero, ¿qué papel juego yo en él?
- Acabo de decirteló. Te considero mi asistente espiritual.
El hombre sonrió.
- No exageremos. ¡Asistente espiritual! Digamos más bien que soy un buen amigo capaz de darte a veces algunas indicaciones sobre temas muy específicos. Financieros, por ejemplo. Pero de ahí a aconsejarte en un tem atan íntimo, tan personal como éste, hay una gran distancia.
- ¿Por qué establecés diferencias? En realidad no las hay. Siempre me ayudaste cuando tuve dificualtades. Sobre todo de dinero, es verdad. Pero este problema es seguro el mayor que he tenido.
Faletti movió sus manos con un ademán de resignación.
- Bien, dame detalles del asunto.
Raquel se animó.
- Así me gusta. Te sintetizo: Lo conocí en la parada de ómnibus. Tomamos todos los días el mismo colectivo. Principiamos a conversar en la parada y lo seguimos haciendo en el vehículo. Simpatizamos. Me invitó a tomar un café. Luego, como te imaginarás, tuvimos otras citas. Ayer se me declaró.
- Está bien.. Pero, insisto: ¿Cuál es mi papel? Se trata de una situación muy íntima, muy personal. Hay un viejo dicho: En cuestiones de pareja los de afuera son de palo.
- Quiero que me aconsejés si debo aceptarlo o no.
- ¡Raquel, por favor, me estás pidiendo una cosa absurda! Eso es algo que sólo vos debés resolver.
Ella contestó, vacilante:
- Soy... soy... indecisa. Me cuesta horrores tomar ciertas determinaciones... Además, el asunto no es tan sencillo...
- Terminá de explicármelo, entonces. ¿Te gusta? ¿Te atrae?.
- Claro que me atrae. Me gusta mucho.
- ¿Y...?
- Es casado.
- Vaya...
- Nos conocemos desde hace muchos años, Rodolfo. Fuiste amigo de Victorio. Haca ya quince años que murió. Nunca hubo otro. Pero, tanta, tanta soledad...
Y ahora, de pronto. Casado, por desgracia.
- Me figuro que tu pretendiente se lleva mal con su esposa.
- Claro. Me habló mucho de su matrimonio. Es un completo fracaso. Según él, fue el peor error que cometió en su vida.
- Pudo haberse separado.
- Vos sabés cómo son esas cosas. Los hijos, intereses económicos. Por otra parte, recién al conocerme, dice, encontró una mujer como él soñó.
- Ah...
- Yo no quiero que mi posible felicidad sea a costa de la desdicha de otra mujer.
- Si la pareja anda tan mal supongo que ella no debe ser muy feliz tampoco. Y decime: ¿Hablaste de esto con Marité?
- ¿Con mi hija? No, no me animé. Además, la única persona en quien tengo absoluta confianza sos vos.
Faletti se acarició la cara.
- Bueno...- dijo- Ante tu insistencia, y aclarándote que me perece ridículo este rol de cupido viejo, sólo puedo darte un consejo: actuá de acuerdo con tus sentimientos más auténticos. Tirate al agua y nadá con fuerzas. ¿Qué otra cosa puedo decirte? Una pregunta final: ¿Habló de separarse?
- No. Pero seguramente lo hará. Estoy segura.
Raquel se paró.
- Ya te distraje demasiado tiempo. Muchas, muchas gracias.
Lo besó de nuevo.
- Hasta cualquier momento. Te mantendré informado de lo que pase.
Cuando llegaron a la puerta, dijo, en voz muy baja:
- Esto nunca se lo confesé a nadie. Mi matrimonio, pese a las apariencias, fue muy desdichado. Victorio tenía problemas con su sexualidad.
El amigo, asombrado, apenas si pudo decirle:
- Ojalá podás ser feliz ahora.



Fragmento 17

En mil novecientos cuarenta y cuatro se produjo mi debut carcelario. En esa época- otro país, otro mundo, otra esperanza- yo dirigía un grupo juvenil que desarrollaba diversas actividades contra el gobierno militar de entonces. Entre ellas, la distribución de un periódico clandestino editado por un partido de izquierda, Salía quincenalmente y, en una noche determinada, partíamos a repartirlo casa por casa. Hacía seis meses que el impreso aparecía regularmente. Esto, por supuesto, preocupaba a las autoridades. Ante el fracaso de la policía local en descubrir y detener a los editores, enviaron desde la capital provincial dos miembros de Orden Social y Político, una organización represiva de aquellos tiempos. El reparto, le aclaro, debía hacerse conforme a normas muy estrictas. Se comenzaba a una hora determinada, las once de la noche, si mal no recuerdo, y la tarea debía realizarse en un lapso muy breve. Cumplida ésta, yo, como responsable y después de hacer mi propia distribución, controlaba la tarea de los demás muchachos. Nos veíamos en un par de bares y también visitaba a otro en un diario donde trabajaba como corrector. Así lo hice esa noche de septiembre, con más celo que habitualmente ya que teníamos, como le dije, a los policías capitalinos. Estaban todos, cumplido el reparto, salvo dos recientes incorporados, de tendencia anarcoide. Los esperé un rato, jugando una partida de billar con los camaradas, pero, ante su demora, resolví irme a casa. No quería llegar muy tarde para evitar que mis padres se alarmaran. Ellos, por supuesto, ignoraban mis andanzas, pero el viejo era terminante respecto a la hora en que debía regresar. Yo acababa de cumplir diecinueve años. ¿Cambiaron las costumbres, verdad? Consideremos que la ciudad de esos tiempos era tranquila y segura. Sintetizo, para no demorarlo: a las dos de la madrugada frenó un automóvil frente a casa, golpearon imperativamente la puerta de entrada, gritando: ¡Abran, policía! Conmoción familiar, naturalmente. Estando vigente el estado de sitio, entraron sin más, revolvieron hasta el último rincón y me llevaron detenido, sin hacer caso al llanto de mi madre y a los pedidos de aclaración de papá. Yo no atinaba a explicarme que había sucedido. Estaba asustado, lógico, pero como en el Partido nos habían enseñado la manera de comportarnos en esos casos, pensé que sería capaz de manejarme bien. Acurrucado en una celda pequeña y oscura, apenas atemperadas las sombras por la escasa claridad que penetraba por una abertura con barrotes ubicada encima de la gruesa puerta metálica, pase mis primeras horas de prisión. A la mañana siguiente, temprano, me alcanzaron un termo y varias facturas: el desayuno traído desde su casa. Entonces lloré. A la tarde me interrogaron. Lo hicieron los policías de Orden Social. Quién hacía las preguntas- no lo olvido, pese al más de medio siglo transcurrido- era alto, fornido, luciendo un espeso bigote negro, me interrogó con cierta bonhomía, ante la mirada atenta de su colega. Siguiendo las instrucciones recibidas, negué todo. Me sentía bastante tranquilo. Mi interrogador no insistió. Sonriendo, burlón, me dijo que tenían otros detenidos y ellos me acusaban. Me di{o detalles. En efecto, sabían hasta el {último detalle del reparto. Pese a esa evidencia, seguí{i negando. Entonces me regresaron a la celda. Un rato m{as tarde volvieron a llevarme a otra oficina, y allí fui notificado de que se me habían aplicado treinta días de arresto, a cumplir en la Jefatura de Policía. Los jueves y domingos podría recibir visitas. Sentí alivio. Un mes pasaba pronto. Lo único desagradable era el lugar de detención. La celda, además de estrecha, era húmeda y sucia. Antes del anochecer papa me trajo un colchón y cobijas. Tiempo después me entere de lo ocurrido: los anarcos, en lugar de salir a la hora convenida, lo hicieron mas tarde, cuando ya la policía, alertada, patrullaba la ciudad. Fueron apresados y, en el subsiguiente interrogatorio, confesaron, acusándome de ser el jefe. A ellos los soltaron el otro día, pero yo, tras cumplimentar la pena aplicada, fui puesto a disposición del poder ejecutivo y trasladado a la vieja cárcel de encausados de la capital. Ahí, en el pabellón de los presos políticos, pude vivir una experiencia inolvidable.
Estudiantes, dirigentes obreros, profesionales, los integrantes de un teatro vocacional, inclusive el jefe de cocina de un gran hotel, quien se encargaba ayudado por alguno de nosotros, de preparar nuestra comida, todos traían un inédito aire al lugar. Desde las siete de la mañana, cuando nos levantábamos hasta el toque de silencio nocturno, cumplíamos diversas actividades, desde ejercicios físicos hasta cursillos sobre actualidad política, historia argentina, economía, filosofía... Temprano pasaba por la entrada del pabellón un diariero. Comprábamos algunos y efectuábamos lecturas colectivas, siguiendo apasionadamente la marcha de la guerra, que se iba aproximando a su culminación, con la ya segura derrota del nazismo. Pase cuatro meses allí. Los días de visita no solo acudían familiares, sino también chicas universitarias, quienes pedían por nosotros, los que, por provenir del interior, estabamos condenados a no ser requeridos por nadie, salvo, desde luego, alguna espaciada visita de nuestros parientes. Tengo un dulce recuerdo de las universitarias, tan solidarias, tan cariñosas. Un detalle: nunca supe como se las arreglaban para pasarlos, pero nos alcanzaban volantes donde se analizaban los últimos datos de la realidad nacional, aquellos entretelones de la dictadura que en muy escasa o ninguna medida aparecían en la prensa comercial. Volví a casa, una vez liberado, optimista y con muchas ganas de seguir militando. Así fue, amigo, contada a grandes brochazos, mi primera experiencia como preso político. Advertirá, por supuesto, que se trato de un simple pic- nic comparado con lo que paso en el setenta y seis. ¡Ha pasado tanto tiempo! ¡Tantos sueños se derrumbaron, tantos errores cometimos! Me aproximo a los ochenta. El cuerpo flaquea a veces, pero el corazón sigue ardiendo aun . Y hoy con renovada fuerza, porque- usted coincidirá conmigo el diecinueve y el veinte de diciembre se ha inaugurado una nueva etapa en la tan trajinada historia del país. La gente ha ganado la calle. En tan fértil espacio se moviliza, protesta, plantea propuestas. Todavía inorgánicas, un poco anárquicas, pero mostrando ya las grandes líneas de sus pretensiones.
En lo básico, el rechazo a este modelo generado de una pobreza y de una exclusión inéditos en la república. El tiempo dirá cual será el rumbo definitivo que se adopte. Confiemos en una salida democrática y progresista capaz de materializar los cambios necesarios. Y perdóneme por usar muletillas tan manoseadas. No se me ocurren otras para expresar mi pensamiento. Lo real es que por eso mi corazón esta alegre, dispuesto a empujar al viejo esqueleto a participar, aunque sea yendo a las manifestaciones, mezclado sin titubeos con quienes desean un futuro tan luminoso como estos días de enero.




Fragmento 18

- ¿Lo has advertido? El ochenta por ciento de cuanto decimos o hacemos no es más que la vulgar repetición de lugares comunes.
- Nunca lo pensé.
- Sin embargo, si fuéramos capaces de reflexionar un poco, sólo un poco, de usar nuestro cerebro, veríamos la realidad de una manera distinta, descubriríamos su infinita riqueza. Creo que fue Dostoiesvsky quién afirmó: “Nada hay más fantástico que la realidad”. ¡Nada más fantástico! ¿Te das cuenta de las infinitas posibilidades abiertas a tal afirmación?
- Bueno... si, pero yo soy un tipo común. Me guío por las cosas cotidianas, no medito tanto como parecés hacerlo vos.
- Claro, ahí reside la cuestión. Te doy un ejemplo muy común. Quién más, quien menos, alguna vez visitamos el cementerio para llevarle flores a nuestros deudos. ¿Creés que verdaderamente se las llevamos a ellos?
- ¿Y a quienes, si no?
- Nos las llevamos a nosotros mismos.
- ¡Por favor, de dónde sacás tamaña idea!
- Pensalo. ¿Qué hay en una tumba? ¿Alguien capaz de apreciar y agradecer nuestra acción? No, desde luego. Allí sólo se deshace un poco de materia.
- Quizás su espíritu nos contemple desde algún sitio.
- ¿Te parece? En verdad nos motiva nuestro cariño, nuestra nostalgia ante la definitiva ausencia del ser querido, en ocasiones nuestra soledad, todas emociones que están en nuestro interior y son intransferibles. A ellos ofrecemos las flores.
- Mirá, deberé a analizar tu opinión. Es posible que las visitas sean apenas el cumplimiento de una rutina.
- El lugar común, entonces.
- ¡Sos complicado, che! La mayor parte de la gente es mucho más sencilla.
- Te voy a dar otro ejemplo que seguro te parecerá delirante.
- ¿Delirante? ¡Por Dios!
- Cuando hacemos el amor, cuando penetramos en el cuerpo de la mujer, ¿no será que en el fondo de nuestro subconsciente late el deseo de regresar al útero materno, a su calidez, a su infinita seguridad?
- Sos la persona más rara que conozco. Tenés cada salida...
- Puedo seguir citándote ejemplos.
- Déjate de embromar. No quiero complicarme la vida. Sigamos caminando y disfrutando de una tarde tan hermosa. Por suerte parece estar aflojando un poco el calor. ¿Para qué meterse en cosas raras?
- Son los artistas, los creadores, los que tienen el don de descubrir el misterio, la magia de lo que llamamos realidad. Recién recordé las palabras de Dostoivsky, pero nosotros, las peronas comunes, sin ningún talento especial, si nos proponemos también somos capaces de levantar, aunque sea un poquitín, su velo. Lo peor es adoptar tu actitud.
- ¡Che, mirá ese BMW; es un coche fantástico!



Fragmento 19

Winter miró un rato a González, como calibrándolo. Su mano regordeta trazó un errabundo movimiento.
- Está pidiendo algo a lo cual se me será muy difícil acceder- dijo, incolora la voz.
González, el rostro pálido, gotitas de sudor humedeciendo su frente, abrió la boca como para hablar, pero ningún sonido salió de ella. La angustia se concentraba en sus ojos descoloridos.
- El mecanismo legal ya está en marcha- agregó Winter- Nada puedo hacer. He tenido demasiada paciencia con usted. Lo esperé muchísimo tiempo. Sin éxito. Cuando termine la feria judicial proseguirán las acciones. Usted ha sido debidamente notificado. Aunque no me gusta el modo, debo defender mis intereses. Su deuda se arrastra desde hace años. Ha crecido mucho. Si no pudo afrontarla hasta la fecha, ¿ por qué debo suponer que será capaz de hacerlo ahora?
Desde la galería exterior llegaba el canto de un pájaro. El calor se escondía en los ángulos de la habitación. González recobró su voz:
- Los asuntos me han ido muy mal- dijo, con tono apenas audible- Pero me ha surgido una posibilidad. Espéreme, por favor, un tiempito más.
Winter movió la cabeza, incrédulo.
- ¿Esperar un tiempito más?- repitió, agregando- ¿Cuántas veces me ha venido con la misma historia?
Su interlocutor pareció achicarse en el asiento. Le comenzó a temblar una mejilla. Tartamudeó:
- Le... ase... guro...que...tengo...una...posibilidad.
Winter se esforzó en conservar la calma.
- ¿Y de dónde conseguirá el dinero? – preguntó, suave.
- Un... pariente... de mi... mujer.
El acreedor levantó la voz:
- ¡No me diga que se trata de ese famoso tío del cual usted me habló ya otras veces! Jamás concretó nada.
La mirada de González se ensombreció.
- Hoy puede ayudarme- afirmó, recobrando la firmeza de su voz- Es cuestión de un par de meses. Tendrá su dinero, se lo juro por mis hijos.
Una mariposa se le posó en el pecho, trayendo una ráfaga de azul al recinto. Había penetrado por una claraboya entreabierta.
- Estamos, por desgracia, perdiendo el tiempo- dijo Winter- Lo lamentó, créame. Detesto llegar a estos extremos. Pero no hay mas remedio, González. Estoy seguro: ni usted cree en sus afirmaciones.
El deudor principió a estremecerse, cada vez con más violencia.
- ¡Entonces me echará a la calle!- gritó.
Se paró.
- ¡Entonces me echará a la calle!- siguió gritando- ¡Me echará a la calle con mi familia!
Winter, alarmado, también se puso en pie. Intentó calmarlo:
- No se altere. Encontrará una solución. Ese tío podrá...
González lo interrumpió:
- ¡Cállese, cretino, chupasangre! ¡Como si le importara algo mi futuro!
El dueño de casa quiso tomarlo de un brazo. Con un violento movimiento se lo impidió. Jadeante, una ligera espuma mojando sus labios, dio un paso atrás. De inmediato, extrayendo de un bolsillo una sevillana, arremetió contra Winter y, veloz, se la clavó en el estómago.



Fragmento 20

Okey, está bien, okey. No discutamos, cada uno tiene sus ideas. Aunque sepa que soy un fulano con mucha rúa. Me faltará educación, no lo niego, pero pataconeando cuadras aprendí todo lo que hay que saber. Y me han hecho una grandísima cagada. ¡A mi, por Jesucristo! He recorrido hasta el último rincón de esta city. Tengo bien junado a cada uno de los otarios locales. Ya acumulo cincuenta pirulos y no los viví al pedo. ¡Me la van a contar! ¡Quizá imaginé ver en él al hijo que no tuve. Y quise enseñarle, hacerlo piola, capaz de arreglarse en cualquier situación. ¡Y vea cómo me lo pago! Es inútil, la juventú está cada día mas podrida. Como el país. Antes, sabíamos cuándo debíamos ser derechos, ser agradecidos. Dado que parecía medio quedado, hasta le dí consejos sobre la manera de tratar a las minas. No es por alabarme, pero me ha ido bastante bien con ellas. Sé la forma de chamuyarlas. He volteado a unas cuantas. Las atraco suavecito, buscándoles el lado flaco, inspirándoles confianza. ¡Si le digo que me comprometí una vez! ¡Y mire la forma de reconocérmelo! Okey, no me quejo. Me porté como un chanta cualquiera, inocentón. Eso sí me duele: pasé por boludo. Se estará riendo de mi el guacho.
Pero que se ufane tanto. Le va a tocar la mala muy pronto. Seguro se creerá el Maradona de los vivos. ¡Pobre gil! Si me hubiera tenido respeto lo habría preparado bien, cuestión de andar por la vida gozándola, aprovechán doce de los sonsos. Y se sabe, cada día nace uno. Me da lástima, vea. Seguro será un fracasado. Si alcanzo a vivir unos años más podré verlo tirado por ahí, limosneando. Y entonces no le voy a dar ni un vaso de agua. Aunque se esté muriendo de sé. Porque a mí, el que me las hace me las paga. Tarde o temprano. No tengo apuro. seguiré adelante. A pesar de que la mano viene muy durasneli, me las arreglaré. Hubiera sido mejos, se entiende, estar juntos...
¡A la mierda con las esperanzas! Tengo algunas posibilidades, ¿sabe?, de irme a Miami. Unos vagos que están allá me han escrito diciéndome que, a pesar ser difisilongo, tratarán de llevarme. Somos compinches desde chicos.
Son buenos tipos, nada que ver con el pendejo. Pueda ser que se me dé. Ahí me sacaré la grande. ¡En Miami! Panzoneando en la bích, rodeado por el minaje. Podré decirle chau a este poblacho infame. Y algún día volveré con guita, hecho un señor. Y muchos de los que ahora me desprecian se peliarán para olerme el culo. Y yo los dejaré nomás. Hasta soy capaz de tirarles algunos dólares. ¡Y con lo que gustan aquí los verdes! Al único al que no le daré nada será la pendejo. Nada de nada. No se procede de esa manera. A veces debe tenerse un poco, ¿cómo se dice?, un poco de humanidá. Y él pudo ser mi hijo. Mi propio hijo...




Fragmento 21

El automóvil, un veterano Falcón, se detuvo a un costado de la ruta, cerca de un pequeño lagoa cuya vera, protegidos del sol por la arboleda, se alineaban los pescadores. El conductor los contempló.
- ¿Te gusta pescar??- le preguntó a su acompañante.
- No. Me parece una cosa medio pelotuda.
- No creás. Provoca una sensación de... paz. Incluso hace olvidar, aunque sea por un rato, las porquerías que uno hace.
El otro se acarició los brazos peludos y musculosos.
- Debemos ganarnos la vida, ¿no?- respondió, sonriendo- ¿Te pasa algo a vos?
El del volante, mirándolo de costado, suspiró.
-No, no, a mi no me pasa nada- se apresuró a contestar, pasando una lengua amarillenta por los gruesos labios- Son macanas que a uno se le ocurren a veces.
Lejos, al borde del horizonte, iban creciendo unas nubes oscuras.
- Ojalá se forme tormenta -añadió- así aloja este jodido calor.
- Quien sabe. Los chaparrones de verano no saben traer mucha frescura –relativizó su acompañante. Enseguida puntualizó:
- Dejemos de hablar pavadas. ¿Trajiste la merca?
El bocón abrió la guantera, sacando un pequeño paquete.
- ¿Y vos trajiste la guita?
- Por supuesto –dijo, mientras metía la mano en un bolsillo y sacaba varios billetes cuidadosamente doblados –Acá está.
Al entregárselos añadió, irónico:
- Contalos. Ya sabés, una vez retirado de la ventanilla no se admiten reclamos.
- El asunto está cada vez más difícil. El tipo me pidió la guita adelantada para la próxima entrega ¡Guachos! Y como nosotros somos unos pobres piojos debemos agachar la cabeza –explicó el del volante.
- En este país te la complican todos los días –rezongó el de los brazos musculosos –Mirá qué bruta evaluación. Uno llegó a ilusionarse con la convertibilidad. Parecía que iba a durar siempre. ¡Las promesas de Cavallo!
- ¿Y tu clientela, cómo anda?
- Así nomás. No hay un mango.
- Pero el que tiene el vicio lo saca de donde sea.
- Tenés razón. Pero cuando no hay no hay.
- Es cierto. Hoy cualquier clase de comercio está perjudicado.
- Y el nuestro, a pesar de tanta persecución, también es necesario. Una vez, hace tiempo vi en la televisión a una abogada opinando que la venta de drogas no debía ser penalizada. Una abogada, fijate.
- Deberán hacerlo. ¿Acaso han podido impedirlo? En ninguna parte del mundo lo lograron. Imaginate vos si aquí lo van a lograr. Solo que uno crea en los reyes magos.
El conductor rió.
- Y en los reyes ya nadie cree. Ni los pibes.
Encendió el motor. Antes de arrancar miró una vez más a los pescadores.
- Me gustaría estar con ellos. ¡Cómo me gustaría!
El automóvil se puso en marcha despacio, abandonando la banquina y acelerando su marcha cuando se afirmó en el negro asfalto recalentado.



Fragmento 22

Lo confieso: estoy confundida, de alguna manera temerosa. Mis amigos se ríen. ¡No seas tonta y divertite!, me aconsejan, vos pensás demasiado. Es posible que tengan razón y yo esté equivocada, pero no puedo evitarlo. Muchas veces me sorprendo envidiando a la abuela. En su tiempo el papel de la mujer era más definido, tenía límites bien marcados. Por supuesto, algunas no se resignaban a cumplir el rol asignado, pero la mayoría lo aceptaba.
Conseguir un marido, se entiende. Casarse y reafirmar la respetabilidad, asegurar el futuro. Requisito prácticamente indispensable para lograrlo: conservar intacta la virginidad. Y si por una aciaga circunstancia la habían perdido existían médicos, me han dicho, que la ¨restauraban¨. Naturalmente, me refiero a las niñas de la horrible clase media de esta horrible ciudad. En cierta forma me alegra comprobar cómo de clase media ya nos queda muy poco. Por supuesto, en algunas cosas hemos progresado. Ya no titubeamos tanto en bajarnos las bombachas. O permitir que nos las bajen, hecho mucho más satisfactorio. Los novios, salvo algún boludo, han dejado de serlo para convertirse en amantes. Tenemos más libertad para andar, para frecuentar boliches. Comenzamos más temprano. Podemos, si nos place, regresar a las cinco o seis de la mañana. Nuestros viejos, en su mayoría, aceptan las nuevas costumbres. Al fin y al cabo, es lo menos que pueden hacer. No deben olvidar que ellos, allá por los setenta fueron abriendo el camino. Los muchachos, en cambio, siguen teniendo sus reservas, me parece. Aceptan un poco a la fuerza muchas de nuestras actitudes. Para colmo, no abundan. Y son bastante estúpidos. En cambio sobramos las mujeres. Trato de conversar con Claudio sobre esta desazón que me inquieta, pero es inútil, me escucha por compromiso. Es evidente: le interesa más mi culo que mi cerebro. Existe una real incomunicación entre ambos. Lo único que nos enciende de verdad es el sexo. No me basta. Extraño una ternura ausente, la falta de esas pequeñeces importantes en el amor. Es posible que otros hombres sean capaces de brindarlas, no lo dudo. Pero Claudio carece de ese don. Hay chicas que idealizan un poco a los muchachos con quienes salen y comparten sus pavadas. Algunas hasta los acompañan a ver las aburridas carreras de autos. ¿La vida será siempre así? Un día me casaré, o simplemente me iré a vivir con Claudio o con algún otro. Ejerceré, supongo, mi futura profesión, y como tantas mujeres soportaré el conflicto entre ésta y las tareas hogareñas. Según me dicen, hay hombres capaces de colaborar en la casa. Claudio no aparenta ser uno de ellos. Tiene un machismo muy arraigado. Por otra parte, ¿estoy verdaderamente enamorada de él? Todavía soy tan idiota que espero la aparición del príncipe azul. ¡El príncipe azul! Mamá se agarró la cabeza cuando, en un momento de debilidad, insinué la existencia de ese secreto deseo. ¡Estás re loca, hija!, me dijo. Agradecé tenerlo a Claudio. Y rogá que te dure. Tal vez tenga razón. Las parejas son cada día más frágiles. Debe influír lo mal que anda todo. El amor es una planta delicada, fácil de abatir cuando soplan fuertes vientos, desde luego. Tendré hijos. En el mejor de los casos, una rutina grisácea aplastará mis días. Y de pronto llegará la vejez. Horrible. Cuando la depre me acosa, busco la soledad. Quizás sea contraproducente. Sin embargo, me enquisto en ella. Pensando. Y, ya se sabe, es peligroso pensar. Lo peor es qque no acierto en hallar una solución. Ansío vivir una existencia tan luminosa y plena como esta tarde. Ahora bien, ¿cómo conseguirla? Ese es el problema. Entonces me domina el desasosiego, me angustia el futuro. Es posible que la esencia del mal resida en mi ausencia de una auténtica vocación, de un impulso irresistible acuciándome la sangre. Amelia, por ejemplo, pinta. Ignoro si lo hace bien o mal. Nunca he visto sus cuadros. Pero se la ve serena, segura, con la aparente certeza de hacer algo que vale la pena. Es posible que sólo sean ilusiones. Suficientes para enriquecer su vida. Afortunada.



Fragmento 23

- Me parece bien la actual movilización de la gente. Su decisión de ganar la calle. Pese a ser un acto de libertad, uno se pregunta: ¿Obtendrán resultados? ¿No estarán construyendo castillos de arena?
- Se verá.
- Soy escéptico. He visto demasiados avatares en la república, y cada vez estamos peor. Innumerables veces el pueblo salió a la calle. Desde el veinticinco de mayo, si usted quiere. Compruebe lo obtenido.
- Los procesos sociales suelen ser largos y difíciles.
- Ahí usted da en el clavo. Yo diría no largos sino interminables. Y no unicamente en la Argentina. Medite un instante apenas: el hombre ha sido capaz de lograr un portentoso progreso científico y tecnológico. Moralmente, en cambio, sobran las conductas propias de la edad de piedra. Y peores aún, porque ya no se puede aducir primitivismo, por lo menos en nuestro mundo, el presunto civilizado. Si Jesucristo volviera, me jugaría la cabeza que lo vuelven a crucificar. ¿A cuántos cristos ignorados se sigue crucificando de mil maneras y con mil pretextos?
- Tal será la condición humana.
- Aterra considerarlo. Los hechos, por desgracia, parecen no permitir otra interpretación.
- Y la respuesta, según usted, es el descreímiento.
- La más sensata.
- Y la más cómoda.
- ¿La más cómoda?
- Así es. El escepticismo es un excelente atajo para evitar compromisos y eludir responsabilidades.
- Si quiere considerarlo de esa manera.
- ¿Y de que otra manera se puede considerar?
- Vamos, Kemp, usted es hijo de alemanes. ¿Qué pasó en Alemania, uno de los países más adelantados y cultos de Europa? Tuvo un régimen como el nazismo, entusiastamente apoyado por la mayoría de la población.
- Eso, usted lo sabe bien, ha sido objeto de numerosos y profundos estudios que han aclarado las causas de lo ocurrido.
- Pero ocurrió Es lo esencial. Lo demás, si se quiere, son accesorios secundarios.
- ¿Secundarios? Se trata de esclarecer los hechos para que nunca más vuelvan a ocurrir.
- ¿Está convencido de ello? Observe los actuales acontecimientos en Medio Oriente.
- No confunda una cosa con la otra. Son dos procesos muy distintos.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- Usted me parece un poco inocente.
- No lo soy.
- Convenga en algo, por lo menos . Tanto en Alemania como en Medio Oriente hubo y hay la concepción de un pueblo elegido, superior a los demás. El “herrenvolk” y quienes se pretenden dueños de la “Tierra Prometida”. ¿Cuáles son las consecuencias prácticas de tales teorías? Pueden decirlo las naciones, sobre todo las eslavas, sojuzgadas ayer por el nazismo y los palestinos actualmente.
- Usted delira. Entremezcla y confunde los hechos. Infórmese bien antes de hablar.
- No se enoje, Kemp, por favor. Algo conozco el tema, a pesar de vivir en este arrabal del mundo. De todas maneras, cambiemos de tema, si le parece bien. ¿Lloverá Son ya las seis de la tarde y la temperatura sigue siendo sofocante.
- Ignoraba que usted tuviera esas ideas...
- ¿Debo aceptar sin más cuanta falsificación ande dando vueltas, debo aceptar sin analizarla a una publicidad interesada?
- Limítese a aceptar la verdad.
- ¡La verdad... ¡ Insisto en mi escepticismo. Entre paréntesis, le sugiero leer un libro muy interesante de Ludwig Marcuse, “Pesimismo, un estado de madurez”. Si quiere, puedo prestárselo.
- Tengo libros mejores para leer.
- Al fin y al cabo es un autor alemán. Bien, estimado Kemp, parecemos dos semáforos parados en esta esquina. Sigamos nuestro camino. La artrosis de mi rodilla comienza a molestarme. Hasta siempre.
- Adiós.

lo que faltaba ....


Acá sigue

14.8.07

URDIMBRE - Novela de Juan Floriani - 2da. parte

Fragmento 24

Las nubes oscuras seguían asomando a lo lejos. Don Alaníz se apoyó sobre el mango de la azada y las contempló, meditabundo.
- Capaz de formarse tormenta- le dijo a su mujer, que en ese momento le alcanzaba un mate.
- Si se hace, será recién a la noche- respondió ella, mirando también a las nubes.
El hombre sorbió despacio el líquido sabroso.
- Muy dulce- comentó, apartando sus labios de la bombilla.
- ¡A vos nunca te faltan quejas!- se encrespó la mujer.
Don Alaníz sonrió.
- No te enojés, Paula. Está rico lo mismo.
- Terminó de tomar la infusión y le devolvió el recipiente. Ella se alejó todavía rezongando.



Retomó su tarea. Prosiguió, prolijo. Hacerlo le causaba un profundo placer.
Campesino arribado ya maduro a la ciudad, nunca le habían gustado las diversas tareas realizadas en ésta para sobrevivir. Extrañó siempre la amplitud del cielo rural, los horizontes inacabables, esas galopadas rompiendo la escarcha invernal, el cuidado de los animales, las domadas, el jolgorio con los amigos en el boliche, la taba, el entusiasmo desbordando en las cuadreras. Supo tener un buen gateado que le dio muchas satisfacciones. Pero los años fueron viniendo malos, crecieron los hijos, y un buen día, subieron todos a un tren estrepitoso, emigrando a la ciudad.
A pesar del tiempo transcurrido continuaba sin habituarse a ella. Por supuesto pudo conseguir esa casita suburbana, achacosa pero con un terreno amplio, capaz de contener a la quintita. Ahí pasaba las mejores horas de las jornadas, cultibando papas, tomates, batatas, lechuga, acelga, espinaca, rabanitos, habiendo preparado incluso una esparraguera. Las verduras integraban su dieta, como es lógico, pero también vendía una parte. Llevándolas en una canasta, recorría zonas donde consiguió varios clientes. La pensión graciable que le consiguió un diputado no le alcanzaba. Su quinta le permitía vivir con dignidad, sin depender de los hijos. El mayor, Pancho, se fue a Río Gallegos, donde trabajaba para el gobierno, y el otro, Antonio, prendado de una rosarina de paso por la ciudad, que conoció en un baile, partió con ella a la metrópoli del Paraná. Quedaron solos, pues. Esa soledad los unió más. El afecto callado, sin exteriorizaciones, enturbiado a veces por el mal carácter de Paula. Don Alaníz le tenía paciencia. ¿Cómo no tenérsela, cuando siempre fue trabajadora y leal? Aguantó la pertinaz pobreza y supo tolerar su afición a las cuadreras, donde si en ocasiones ganaba buena plata, en otras tenía pérdidas importantes. Y una vez, en sus años mozos, le agunató un entusiasmo que tuvo con una chinita buena moza, sobrina del dueño del boliche. Cosa rara, en esa ocasión no le gritó ni le hizo escenas. Encerrada en absoluto mutismo aumentó sus atenciones para con él, se arreglaba mejor, cuidando su apariencia muchas veces desalineada. A la noche, siempre silenciosa, arrimaba su cuerpo al del hombre, con tímido recato. La muchacha, un día, abandonó al tío, yéndose con un pueblero que vendía diversos artículos, y él, herido, furioso y avergonzado, tornó al rancho con la cabeza gacha. Paula se dio cuenta de lo que le pasó, pero no hizo ningún comentario. Redobló, en cambio, sus muestras de afecto. Consiguiendo restablecer de a poco la relación. Estaba pensando en esos sucedidos cuando tornó Paula con otra cebadura. En los últimos tiempos había adelgazado pero continuaba tan activa como de costumbre. Ante su pedido se negó a ir al médico. Dejate de joder, le dijo, estoy bien. Además ya sabés que en el Pami no atienden, salvo que te estés muriendo. Don Alaníz no insistió, cuando ella decía no, era no. Pero un opresivo temor se aposentó en el viejo, enturbiando su ánimo. Era una inquietud oscura, insidiosa, carcomiéndolo por dentro. Un feo presentimiento pugnaba por introducirse en su corazón. Como envuelto en una neblina, se perfilaba un final aciago. Don Alaníz, al devolverle el mate, tuvo un repentino impulso y le acarició el pelo, ella se sorprendió:
- ¿Qué te pasa, Filemón?
Don Alaníz retiró rápido su mano del cabello canoso y ensayó una protesta:
- ¿Acaso está prohibido tocarte?
Paula sonrió apenas.
- ¿Te cebo otro? –le preguntó.
- No, está bien. Quiero terminar de puntiar.
- Te preparé la palangana para que te lavés. Estás sudado y hediondo.
- Voy enseguida.
Y tomando la azada retomó su labor.


Fragmento 25

Recuerdo mucho a mi padre. Hace quince años que murió. Me parece que fue ayer. Todavía sigue el dolor empecinado. Hay ausencias muy fuertes, imposibles de remediar. La suya es una de ellas. Desde pebete fui su ladero.
Nada me gustaba más que acompañarlo. Luciendo esa sonrisa ancha y bonachona que le embellecía la boca, me invitaba: ¿Vamos, campeón? Y partíamos los dos. Aferrado a su mano en mi niñez, apoyada sobre uno de mis hombros cuando mi adolescencia, compartiendo vivencias siempre, el transcurso del tiempo nos unió cada día más. Aprendí con él a ir adentrándome en la existencia, me fue transmitiendo sus experiencias, porque fue un hombre muy vivido, no pasó por la tierra boleando pajaritos, se lo aseguro. Era alto, corpulento, un mechón rebelde cayéndole sobre la frente amplia, de andar un poco oscilante.
Parecés un oso, papá, le decía. Él riendo, me daba una suave cachetada en la mejilla. Pero soy un oso buenazo, contestaba, al que le gustaba enseñar. ¡Vaya si el gustaba! Me transmitió cuánto sabía.
Y sabía bastante. Aunque era buen lector, la médula de sus conocimientos nació desde la experiencia, del contacto asiduo y cordial con la gente, desde la buena curiosidad y la observación. Las lecturas le sirvieron, como debe ser, para ubicarse mejor, para aprender correctamente los complejos matices del transitar por el mundo. Algo, en especial, le agradezco. Me hizo conocer y amar a esta ciudad. La recorrimos infinidad de veces, a las diversas horas.
Ni el más escondido rincón eludió nuestro atento mirar. Me hizo conocer su historia, que casi era la historia entera de nuestra familia, llegada a estos lares en mil ochocientos ochenta y dos. Comprendí que el arraigo al suelo natal debe ser una actitud primaria en el ser humano. Que, precisamente por provenir nuestros antepasados de Europa, poco a poco debimos construir una nueva identidad. Y en esa identidad, además del sentido nacional, lograr la afirmación y el orgullo de nuestra provincianía. Esta actitud viene desde muy lejos, me decía, viene desde nuestros albores, nunca lo olvidés: Las provincias son la matriz de la nación. Aunque Buenos Aires jugó, por un cúmulo de circunstancias, un papel esencial en la edificación del país. A veces, es verdad, las provincias fueron muy conservadoras, opuestas al viento jacobino que sopló en las calles porteñas, pero tenelo bien presente, sin el interior no existiría la república. ¿Dónde funcionó la primera universidad establecida en nuestro actual territorio, de dónde salieron buena parte de los libros que donaron a la biblioteca fundada por Moreno en Buenos Aires? Todo esto es muy sabido, claro, pero solemos olvidarlo. Y nuestra ciudad, primitiva avanza penando al borde del desierto, abandonada una vez, luego repoblada, repitió la experiencia de muchas otras, que nunca tuvieron, por razones obvias, la publicidad que tuvo y tiene Buenos Aires. Tales eran las enseñanzas de mi padre. Largas eran nuestras conversaciones, cesadas solo por su muerte. No le sorprenda, entonces, mi conocimiento de la ciudad, mi afecto por ella, el orgullo que siento por sus realizaciones. Me da mucha rabia cuando alguno de nuestros conciudadanos la menosprecian y se burlan un poco de presunto ¨aldeanismo¨. Es como si disminuyeran a su propia madre. He tenido oportunidad de radicarme en otras partes. Ni se me ocurrió considerarlas. Nací aquí y aquí moriré. Como un homenaje a mi padre, como una manera de ser fiel a su memoria. Traté de comportarme igual con mis hijos, en especial con el mayor, más receptivo, más curioso por conocer sus raíces. Ruego que le dure esa inquietud y hago lo posible por alentarla. Ya ve usted el motivo profundo que me impulsa, corriendo el riesgo de ser cargoso, a hacerle conocer bien la ciudad, pretensión tal vez utópica, dado su origen porteño. Acompáñeme, si no le molesta, a caminar un poco. La tarde está hermosa. Intentaré lograr que usted perciba, no solo edificios, calles, vehículos o gente, sino que se deje invadir por el olor, los colores, el misterio –sí, no se ría- el misterio escondido en algunos de sus ámbitos. No existe únicamente una ¨Misteriosa Buenos Aires¨. Aquí también sobreviven historias raras, hechos ambiguos enriqueciendo nuestro aire, se ocultan secretos de personas desaparecidas. Venga por favor, caminemos.



Fragmento 26

La mujer, rubia y esbelta, joven aún, avanzaba por el sendero que cortaba en diagonal el gran terreno. La minifalda destacaba sus piernas tostadas, atractivas.
Dos antiguos algarrobos, crecidos junto a una tapera, mezclaban su verdor con el de los yuyos del sitio.
Despacio, el sol se inclinaba hacia el oeste y las sombras se alargaban. Una banda de pájaros volaba hacia el sol declinante.
Un hombre de pantalones cortos, con el torso desnudo y calzando zapatillas deportivas, venía trotando detrás de la mujer y pronto la sobrepasó. Ella no le hizo caso, absorta en sus pensamiento. A la siesta recibió un llamado telefónico de su amiga Pirucha invitándola a pasar unos días en las sierras. La alegró el convite. Podría escapar un tiempito a la rutina, disfrutar de la hermosura serrana, llenarse los pulmones con su aire jugoso y transparente. Por otra, y esto apenas se permitía insinuárselo a sí misma, era muy posible que allá estuviera Andrés, el hermano de su amiga, con quien tuvo un flirteo tiempo atrás, flirteo que le agradaría reanudar, intentando -¿por qué no?- convertirlo en un sentimiento más serio y perdurable. Le gustó mucho, aunque era más joven que ella. Le atraía sobre todo su espontaneidad, esa sonrisa que le llenaba el rostro, su conversación fácil, llena de humor y sobreentendidos. Cuando la besó por primera vez, un chispazo recorrió sus vértebras. Realmente, sería muy bueno volver a verlo.
Continuaba marchando distraída y se sorprendió cuando el hombre de los pantalones cortos apareció a su lado. Después pensó que había estado oculto entre los árboles.
- ¿Puedo acompañarla? –le preguntó. Su voz era ronca.
Atinó a responder:
- No lo conozco, señor. Por favor, retírese.
Y apresuró el paso, el individuo siguió a su lado.
- Justamente para conocernos es que quiero conversar con usted –dijo, insinuante el tono.
La mujer comenzó a sentir temor. Se detuvo.
- Por favor, retírese –repitió alterada.
El aparente gimnasta la tomó de un brazo.
- Vení. Hablemos –dijo, más ronca aún su voz.
Ella trató de desprenderse. Aterrada, miró a su alrededor,. No se veía a nadie.
- ¡Déjeme, déjeme! –gritó.
El desconocido principió a empujarla hacia la tapera. Se resistió pero no pudo impedir que, casi arrastrándola, consiguiera su propósito. Ya bajo los algarrobos, junto a la tapera, la tiró al suelo y se arrojó sobre ella.
- ¡Déjeme... animal... déjeme! –balbuceó con voz entrecortada, bregando por sacárselo de encima.
El hombre buscó su boca tratando de besarla. Inclinó la cabeza para evitarlo, pero los labios húmedos lamieron su mejilla. Un olor a tabaco y sudor se desprendía de él. Continuaba esforzándose en liberarse, tensando sus músculos, sintiendo que una energía desconocida nacía en ella. acicateada por la desesperación. El agresor con mano nerviosa le abrió la blusa y rompió el corpiño. Un seno redondo y pleno se expandió y comenzó a chupar con avidez el oscuro pezón, mientras introducía una rodilla entre sus piernas tratando de abrirlas. Ella se aferró al largo cabello del hombre con furia, intentando arrancárselo. Dejando el pezón, el sujeto procuró liberar su pelo. La mujer no aflojaba sus dedos y él le golpeó la cara.
- ¡Dejá... mierda... dejá –jadeó- Tranquilizate... Te va a gustar.
La mujer lloraba en silencio, mientras seguía contorsionando su cuerpo. De pronto pudo introducir una mano entre ambos y, papándole el pantaloncito, halló su sexo. Con todas sus fuerzas le apretó los testículos, dándoles un brusco tirón. Él aulló, cayendo de costado. La mujer pudo levantarse. Temblaba. Aprovechó, empero, que su agresor permanecía de espaldas en el suelo, gimiendo, para pisotearle con saña el bajo vientre. Él aulló de nuevo. Ella, sintiendo flojas aún las piernas, comenzó a alejarse por el sendero, cada vez más rápido, sin mirar atrás. En el extremo del caminito aparecieron dos chicos y se dirigió hacia ellos.



Fragmento 27

Enrique:
Seguro que, igual a tantas escritas a lo largo de estos años, esta carta tampoco sea enviada.
¿Por qué escribirla, entonces?, dirás. El motivo es simple y, me atrevo a afirmar, también complicado. Se trata, una vez más, de explicarte- y explicarme- el motivo de mi profunda de mi traición.
¡Pero han pasado muchos años, no tiene sentido seguir atormentado por ella! ¡Algo ocurrido en 1979! Es posible que, en efecto, sea así. Haberla consumado, sin embargo, me sigue envenenando el corazón, continua agriando mi sangre.
En cada una de las rotas cartas anteriores intenté alcanzar una explicación dotada de alguna validez, quise construir una especie de muleta espiritual capaz de ayudarme a seguir marchando.
El tiempo no contribuye. Lo que ha pasado y continua pasando tampoco. Parece que los acontecimientos, a pesar de los ocurrido en diciembre, me justifican. ¡Si hasta la mayoría de nuestros dirigentes consideran a éste el único camino posible! Apenas si se animan a proponer la adopción de reformas menores, que no van a la esencia de la cuestión. Lejos quedaron las enseñanzas del General y de Evita.
¡Y nosotros que pretendíamos llevarlas más allá! El socialismo nacional..
Por tal sueño luchamos, por él murieron los mejores compañeros.
Y yo... Lo peor es que no fui muy maltratado durante mi detención. Posiblemente quienes me interrogaban, tipos expertos en su miserable oficio, se dieron cuenta de mi flojedad íntima. Se limitaron a tener paciencia, a seguir ablandándome día tras día. ¿Qué me pasó, por Dios, qué me pasó? Hasta hoy no tengo una respuesta valedera, con poder para conformarme. Y he ensayado cientos de ellas. No me consuela el no ser el único. Otros cayeron aún más bajo.
Mi debilidad te perjudicó en primer término a vos, mi compañero, mi amigo, mi hermano. Cuando te liberaron y volvimos a encontrarnos, creí no poder soportar el momento. ¡Estabas tan feliz, tan entero!
Seguro nunca supiste quién traicionó. Y si lo intuiste- y esta sospecha es lo que más me atormenta- tuviste la grandeza de callar.
Volvimos a compartir jornadas de militancia, esperanzados en la recuperación democrática. Vos pensabas que la nueva etapa abierta nos permitiría desbrozar el camino para seguir avanzando hasta lograr la concreción de lo anhelado. Y yo fingía creer lo mismo.
Me acuerdo que cuando te fuiste a radicar en Mendoza, me dijiste al despedirnos: ¡Fuerza, flaco, todo está por hacerse!
Hoy somos hombres maduros. Tenemos- tengo- la excusa de que la experiencia nos hace ver con mayor certeza la realidad. Aunque, estoy seguro, vos permaneces fiel a tus convicciones. Sin lardes, como siempre, entregándote a la gente. Me parece verte junto con ella en las manifestaciones de estos días.
Yo, en cambio... Carezco de esperanzas. Me parece inútil tanto griterío. Nada cambia, verdaderamente. Y el haberlo sabido siempre, aún sin racionalizarlo, constituiría la médula de mi traición.
De cualquier manera, la profunda disconformidad conmigo mismo continúa presente. Mi vida sigue emponzoñada. No encuentro sosiego en parte alguna. Y esta particular relación que tuve con la ciudad. La quise mucho, siempre me sentí muy bien en ella. Hoy la siento enemiga, me quema la piel su rechazo. Lo sé: también me desprecia.
Termino estas líneas quizás erráticas, un poco deshilvanadas. Sería el momento de saludarte, enviándote un fuerte abrazo nacido en el corazón. No lo haré, huelga decirlo. En cambio romperé esta carta, la tiraré. Y posiblemente quede mirando el cielo empalidecido del crepúsculo, indiferente y distante.



Fragmento 28

- Trato de entenderte, Marcela, pero te juro que no lo consigo.
- No te culpo. A mi misma me es casi imposible explicarlo.
- Pero debe haber un motivo profundo, algo que no funciona bien en vos.
- Es posible.
- ¿No pensaste en consultar con algún especialista?
- Claro que lo pensé. Pero me da vergüenza.
- Acá no se trata de vergüenza, Marcela. El asunto es demasiado serio como para demorar en buscarle una solución. Digo esto suponiendo que has sido total y absolutamente sincera conmigo.
- Te lo juro, María Esther. Nos conocemos desde pibas. Te considero y te quiero como una hermana en quien se tiene plena confianza.
- Desde que me lo dijiste no puedo dejar de pensar en ello. No sólo te quiero a vos, también aprecio mucho a Juan Carlos. Es un gran tipo.
- Y yo sigo enamorada de él.
- Cuando te casaste todas te envidiamos.
- No lo dudo. Y yo hasta último momento viví temiendo que llegara a dejarme.
- Hace apenas dos años de tu matrimonio.
- Tal vez no se trate sólo de tiempo.
- Decís que la intimidad de ustedes es muy buena, que aún dura la pasión. Entonces, ¿por qué?
- Lo único que sé es que a veces tengo ese impulso irresistible y, a pesar de luchar con todas mis fuerzas para superarlo, no lo consigo.
- Pero...
- La primera vez ocurrió durante un viaje que hice sola a Buenos Aires. En el bar del hotel conocí a un uruguayo muy simpático, muy entrador. Luego de una larga charla me invitó, y acepté. Me gusta la aventura. La pasé muy bien. Claro que cuando regresé, llena de remordimientos, no me atrevía a mirarlo a Juan Carlos. Debí inventar un malestar para justificar mi actitud. Pero desde entonces... ¿viste?
- En realidad, siempre fuiste un poco muchachera, Marcela, muy liberal.
- Sin mala intención. Me gustaba más estar entre muchachos que con las chicas porque eran más desprejuiciados, incluso más solidarios. Pero nunca se me ocurrió verlos de otra manera. ¡Si cuando era niña hasta jugaba al fútbol con ellos! O andaba trepada a los árboles con alguno. ¿Te acordás?
- Como no me voy a acordar. Eras la única del grupo en hacer tales diabluras.
- Te asegura que no me resulta difícil conseguir candidatos.
- No lo dudo. Sos muy bonita. Simpática, por añadidura.
- A veces quisiera ser horrible. Y timorata.
- No hay caso, me es imposible entenderte. Si las cosas anduvieran mal entre ustedes, si te enamoraras de otro...
- ¡Qué enamorarme! El hombre de mi vida es Juan Carlos. Si llegara a saber que anda con alguna. ¡lo mato!
- Bueno estaría...
- Te digo más. Cuando estoy con otro pienso en Juan Carlos y me sobreexito.
- Sos muy complicada.
- ¿Viste?
- ¿Y Juan Carlos no sospecha nada?
- No. ¿Por qué va a sospechar?
- Pero tarde o temprano lo descubrirá. Esta ciudad es, a pesar de sus pretensiones, muy pueblerina y chismosa. Además, el círculo de ustedes es bastante estrecho.
- No acepto invitaciones de los amigos.
- ¿Ah, no? ¿Y entonces?
- Son encuentro ocasionales.
- Realmente, estás muy loca. Y con el sida dando vueltas...
- No seás pavota. Sin las debidas precauciones no lo hago.
- Todo esto va a terminar mal, Marcela. Desde ya lo lamento. Poor los dos.
- Tenés razón. Pienso lo mismo. Es cuestión de tiempo. Pueda ser que consiga superarlo. Como te dije, me esfuerzo. Si no, debo admitir que tal es mi destino. Soy bastante fatalista. Lo que está escrito, será. Por otra parte, una vidente a quién consulte, ¿viste?, me dijo que hay una tragedia en mi futuro.
- Esas son estupideces. Es tu voluntad, tu conciencia, la que deben hacerte recuperar tu equilibrio.
- O el paso del tiempo.
- Puede ser. Aunque no confiés mucho es eso.
- María Esther, me costó un montón hacerte esta confidencia. Pero necesitaba desahogarme, aliviar este peso que tengo, esta lucha continua entre mi cuerpo y mis sentimientos. He llegado a pensar que hay dos personas conviviendo en mi.
- Algo esquizoide.
- Una cosa por el estilo.
- Bueno, Marcela, debo dejarte. Está oscureciendo y me esperan en casa. Cuidate.
- Lo hago. Perdé cuidado. Y te repito: lo que será, será. Te acompaño hasta la puerta.
- No dejés de ir por casa. Esperá un momentito. Lo he visto cien veces, pero no resisto el placer de admirar de nuevo tu Castagnino. ¡Es tan hermoso!
- Si, es muy bello. Aunque la idea de comprarlo fue de Juan Carlos, no mía.
- Hasta siempre, Marcela.
- Chau. Cariños a tu marido. Sin segundas intenciones, ¿eh?



Fragmento 29

Los dos chicos salieron temprano a callejear, sin importarles el calor de la siesta. Tendrían diez u once años. El más alto era un morochito de cabellos negros y crespos, esmirriado; el otro, gordito, estaba pelado al rape. Ambos calzaban viejas zapatillas y sus ropas estaban descoloridas, sucias las del crespito.
Fueron primero al río. Desnudándose, por largo rato chapotearon en la corriente mansa. Se arrojaban agua, riendo y gritando.
Luego se tendieron bajo unos sauces, agitados. El peladito cortó un tallo de hierba y comenzó a masticarlo. Un hilito de saliva verde se deslizó por sus labios. El otro se sobaba el pecho y su mirada seguía el vuelo de una paloma.
- Qué macana, no trajimos la honda. Pudimos bajarla, ¿no te parece??- comentó.
- Si, es una macana’ confirmo su compañerito- Pudimos habernos acordado.
- Bueno, no importa. Le perdonamos la vida.
- ¡Ni se imagina la suerte que tiene!
- El peladito se hechó a reír.
- ¡Qué se va a imaginar! No es más que una paloma boluda.
- ¿No se enojará tu vieja porque salimos, Adrián?- interrogó el morochito.
- No está, che. Trabaja en una casa del centro.
- Mejor. Podía cascarte si estaba.
- ¿Cascarme? A mi no me casca nadie.
- Yo, en cambio, la ligo seguido.
- ¿Quién te pega? ¿Tu vieja o tu viejo?
- No tengo a ninguno de los dos. Vivo con doña Josefa. Ella me crió.
- Mira vos...
- Doña Josefa me dijo que mi vieja me dejó con ella y se fue para el sur. Yo era bien pendejito entonces.
- ¿Nunca volvió?
- Nunca. A veces manda plata.
- ¡Ah, está laburando ayá!
- Laburando... Una vez un tipo me dijo que era una puta. Y se cagó de risa el guacho. Cuando sea más grande, te lo juro, le voy a reventar las tripas.
- ¿Vas al cole?
- Claro. No me gusta pero doña Josefa dice que debo aprender. Y dan de comer. ¿Vos también vas?
- Si. Tampoco me gusta, pero mi vieja no afloja. Pasé a cuarto. Lo único bueno es el morfi.
- Raro que viviendo cerca recién nos hayamos visto.
- Estaba en una barra pero me pelié con los vagos y quedé medio solano.
- Y buscate otros chicos.
- Sí. Vos me caíste bien cuando nos encontramos. Fue en la canchita, ¿te acordás?
- Seguro. Jugaste muy bien ese día.
- Soy bueno, sin grupo. ¿Te imaginás si llego a ser como Maradona? ¡Que vidón me daría! Con cien mil locos gritándome en la cancha, muertos de gusto conmigo.
- Sería bárbaro. Quién te dice que no se te dé.
La conversación languideció. Se sentían somnolientos. Entornaron los párpados y pronto quedaron dormidos. Al despertar la tarde estaba madura. Adrián se restregó los ojos y bostezó. Luego:
- Apoliyamos lindo.
- El morochito también se había despertado.
- Tengo sé – comentó- Nos vendrían rebién unos helados.
- ¿ Y de dónde sacamos la guita?
- Adrián miró a su alrededor, Las márgenes del río se habían poblado. Varios automóviles estaban estacionados entre los árboles y grupos de bañistas encrespaban el agua.
- Vamos a pedir, ¿qué te parece?
- Dale.
- Levantándose con desgano comenzaron a recorrer la ribera. Algunas personas ocupaban reposeras o yacían tendidos sobre la hierba. Tuvieron escaso éxito. Apenas obtuvieron unas pocas monedas.
- ¡Qué cosos amargos!- se quejó Adrián.
- Rajemos para el centro. Ahí nos irá mejor.
- Hum... Con el calor habrá poca gente.
- Probemos. Aquí no pasa nada.
Caminando despacio se alejaron del río. Transitando las veredas angostas, buscando el lado de la sombra, les fue mejor con los escasos transeúntes que hallaron. Una señora ya de edad se detuvo cuando la abordaron. Los miro gravemente y después, abriendo con parsimonia su cartera, les obsequió una moneda de un peso.
No la malgasten- recomendó.
- Gracias, señora- dijo el morochito bajando la vista- Se la llevaremos a nuestra madre.
- ¡Ah, son hermanitos! Hacen bien en pensar así.
Cuando la mujer se alejó Adrián le hizo un guiño a su amigo:
- ¡ Se va poner de contenta mamá!
Riendo, resolvieron contar el dinero obtenido. Les alcanzaba. Entraron corriendo a una heladería y, tras pagar adelantado, salieron saboreando ansiosamente la dulce y fresca substancia.
- Quedémonos un rato en la plaza- sugirió Adrián.
Llegaron al paseo lamiendo los envases hasta no dejar ni una gota de helado. Sentados en uno de los bancos de madera pintados de verde, permanecieron ahí largo tiempo, callados, sin perder detalle de cuanto ocurría a su alrededor. A medida que se afirmaba el crepúsculo, aumentaba el tránsito y en la plaza crecía el público. Los chicos se aburrían.
- Vamos a otra parte. Estoy podrido- se quejó el morochito.
Tomaron por una calle flanqueada por altos edificios, pero a medida que se alejaban de la zona céntrica disminuían su altura hasta convertirse en propiedades de una o dos plantas. Los chicos, tras recorrer varias cuadras, doblaron por una calle transversal. Estaba desierta, salvo una anciana de aspecto frágil, llevando una cartera debajo del brazo, que caminaba delante de ellos. Adrián codeó a su compañero.
- ¿Se la quitamos?- sugirió.
- El morochito vaciló:
- ¿Y si aparece alguno?
- ¡No viene nadie! ¿Sos cagón? Que no se diga...
- Soy bien machito. Metámosle nomás.
Avanzaron cautos hasta ponerse a la par de la mujer. Entonces, rápido, Adrián le dio un empujón mientras el otro chico le arrebataba la cartera, escapando a todo correr. La anciana cayó y comenzó a gritar. Ellos doblaron en la primera esquina, sin disminuir el ritmo de su fuga. Se cruzaron con un par de transeúntes, pero éstos no le prestaron atención.
Atravesando un paredón semiderruído, se metieron en un baldío cubierto de yuyales y desperdicios. Deteniéndose, respiraron agitados. Tras un momento de descanso, el morochito abrió la cartera, revolviendo su interior, mientras Adrián observaba, ansioso. Encontraron un pañuelito bordado, unos papeles, el documento de identidad y varias orquillas. Nervioso, el morochito iba arrojando el contenido al suelo, ayudado por Adrián, que también metió mano.
- ¡ Pero esta mierda no tiene nada!- se quejó.
Pero por fin, bien doblado en un rincón, encontraron un billete de cinco pesos.
- Algo es algo- se alegró el morochito.
Arrojando la cartera entre los yuyos, salieron del baldío y continuaron marchando.
- Por aquí cerca hay un supermercado. ¿Y si vamos y compramos chocolates?- propuso Adrián.
- Meta.
- El gran negocio erguía su mole ocupando casi una cuadra entera. Su interior estaba iluminado y la luz se expandía a través de los ventanales. Los muchachitos se detuvieron al observar a un nutrido grupo de mujeres paradas frente a la entrada principal. Un persistente murmullo se desprendía del grupo. Una corpulenta, ostentando una abundante cabellera rojiza, hablaba vivamente con un señor de impecable traje parado frente ella. Pero los chicos observaron, alarmados, a la fila de policías uniformados que se interponían entre el acceso al supermercado y las mujeres. Dos patrulleros estaban detenidos junto al cordón de la vereda.
- Mejor rajemos- dijo Adrián- Hay lío.
- Seguro están pidiendo mercadería- opinó su amigo- La semana pasada pidieron en el que está junto a la capiya de Fatimá.
Los niños cruzaron con paso cauto ante el grupo, encaminándose hacia la villa. Los primeros artefactos del alumbrado público se encendían.



Fragmento 30

Tomé en mis brazos a Jorgito y lo levanté. Gorjeando, feliz, se abrazo a mi cuello.
-¿Vamos a pescar, chango?- invité.
- ¡Vamos, papi, vamos!- aceptó, dándome un beso.
Le avisé a Susana, que estaba tejiendo en la sala.
- No vuelvan tarde- respondió, sin levantar la vista de su labor.
Saque la moto y partimos. El aire nos acariciaba el rostro, una nube rosada deslizándose en el cielo claro, parecía acompañarnos. Sentía como la vida me hacía cosquillas, jugueteando en mi cuerpo. Supuse que tal es la substancia espléndida, el olor de la felicidad.
Cuando llegamos al lago buscamos un lugar cómodo a su vera y lanzamos los anzuelos. Dejé el tarro con las lombrices cerca. Permanecimos callados, atentos al movimiento de las líneas.
El tiempo se deslizaba con la brisa entre los sauces. Respiré bien hondo. Con la mano libre acaricié la cabeza de mi hijo. Mi hijo. Sentir su cuerpecillo a mi lado me provoca una emoción inefable, cada día renovada. Ya desde nuestro noviazgo soñábamos con Susana en tener un niño que se llamaría así: Jorgito. Y se dio. Cuando me dijo que estaba embarazada, sólo atiné a abrazarla muy fuerte. Una amiga de Susana nos prestó el libro de Pedroni y con él fuimos siguiendo luna a luna el crecimiento del dulce misterio. Estuve a su lado en el trámite del parto. Cuando me presentaron esa figurita rojiza y gritona, no pude resistirlo. Me desmayé. Pasamos, por supuesto, las inquietudes y temores de todos los padres noveles. Una simple tosecilla, un poco de fiebre bastaban para angustiarnos. Me sentía celoso- es ridículo, lo sé- de los mimos que los abuelos le hacían. Su primer día en el jardín de infantes fue un desgarramiento para nosotros. Dejarlo entre rostros extraños, entre manos ajenas... Ahora ya cursó segundo grado. Pasó a tercero. Va creciendo y se afirma su personalidad. Me alegro, claro, pero también una espinilla se me clava en el corazón. Un día surgirá una muchacha, otro, se casará. Le comento estos pensamientos a Susana y ella, aunque estoy seguro que siente lo mismo, se hace la fuerte. Es la vida, dice, nosotros procedimos igual. ¿O querés que sea un solterón maniático y amargado? ¡Dios nos libre!, replico, no muy convencido.
- No pican, papi- dijo Jorgito, arrancándome de mis meditaciones.
- Ya picarán- respondí- Tal vez sea la hora. Debemos tener paciencia. Es la virtud del buen pescador.
- ¡Ufa!- se quejó- Podríamos sacar uno...
- Te lo a seguro. Vamos a llevar varios a casa.
Jorgito me miró de soslayo, un poco burlón.
- Vamos a ver- rió.
Le dí una ligera cachetada en la mejilla.
- Tenga confianza en lo que le dice su padre, caballerito.
Pero casi tuvo razón. Tras casi dos horas de pesca apenas si obtuvimos un bagre y algunas mojarritas. Jorgito no ocultó su desilusión:
- Nunca tuvimos un día tan malo, ¿no es cierto, papi?
- Otra vez será- filosofé.
Pusimos los pescados en una bolsa de plástico y montamos en la moto. Regresamos.
- Al marido de la seño también le gusta pescar- comentó Jorgito- Pero sabe irse a Bariloche.
- Suertudo- dije, con cierta envidia.
Susana movió la cabeza cuando vio los resultados de nuestra excursión.
- Pobrecita la pesca- opinó.
- Pero la pasamos bien, ¿no es así, Jorgito?- respondí.
- Estuvo lindo, mami- corroboró nuestro niño.
- Bueno- dijo mi mujer- Vayan a lavarse. En un ratito tendré lista la comida.
Obedecimos su indicación.
El joven se levanta despacio del sillón de mimbre que ocupa en la galería abierta hacia el jardín donde los rosales florecidos ejercen su perfumado dominio. De a poco la penumbre extiende su presencia. Perdura el calor. Parándose al borde de la galería, frunce el ceño. ¿Hasta cuando seguirá con sus sueños? ¿Hasta cuando imaginará con nitidez fotográfica escenas felices? Es un triste autoengaño dejar volar sus anhelos por territorios a los cuales es incapaz de llegar en la realidad. Pero si no lo sueño más difícil aún será su conquista, reflexiona mientras oye el trajinar de su madre en la cocina próxima. Es imperativo desear para actuar, ¿o no? Bah, lo más seguro es que nunca encuentre a una Susana, que jamás un Jorgito llene de plenitud sus días. ¿Y la moto? Ya ni se acuerda desde cuando la desea. Cada vez que puede se arrima al local de la concesionaria. Ahí está, poderosa, reluciente, agazapada como una pantera lista para saltar, la Honda que lo subyuga. ¡Cuando diablos va a tener la plata para comprarla! Como están las cosas, en la puta vida.
Hundiendo sus manos en los bolsillos del pantalón, más deprimido que de costumbre, entra a la cocina.





Fragmento 31

- Me gusta conversar con usted, Caviglia. Me agrada su espíritu. Su optimismo asombra.
- No pretenderá que sea un personaje tanguero, que tenga el corazón deslucido por esa hermosura melancólica de nuestras zambas, casi siempre ensombrecidas por la soledad. No, me gusta nuestra música, pero he tratado de ir por otros caminos.
- ¿A pesar de todo?
- A pesar de todo.
- Le seré franco: me hubiera gustado ser como usted.
- Somos hombres en la cincuentena. Tenemos experiencia. Y de lo aprendido hamos sacado conclusiones, ¿no es cierto? En mi caso han sido positivas. Me gusta ver el lado bueno de las cosas. Es el viejo ejemplo de la botella, ¿recuerda? Está medio vacía, dice el pesimista. Está medio llena, afirma el optimista.
- Ja, ja, ja...
- Soy un enamorado de la vida. Muchas veces he sentido la frustración de no ser poeta, de carecer del don para expresar con profundidad y hermosura cuanto arde en mi. Apenas si soy un modesto comerciante tratando de capear estos tiempos tan duros.
- Justamente el ver como anda nuestro país, que alguna vez fue considerado uno de los más ricos del mundo, con mejor futuro, basta para hacer naufragar a cualquier esperanza. Me parece que de este pozo no salimos más.
- Será difícil, desde luego, pero para las grandes empresas han sido hechos los valientes. Y yo, dentro de mis limitaciones, me considero un hombre corajudo.
- Si sólo se tratará de coraje.
- Es lo esencial. Con flojeras no se va a ninguna parte.
- Bueno...
- Dígame: ¿hay otro modo?
- No sé...
- Uno se cansa de pelear y recoger sólo frustraciones.
- Usted se queja siendo funcionario público. Imagine lo que experimentamos los demás.
- No se crea que por estar en el aparato estatal tenemos todo solucionado. Es todo lo contrario. Siga la pelea de nuestro sindicato, la postura de Di Genaro.
- No creo tal cosa. Y sigo con mucha simpatía el accionar del sindicato. Di Genaro es la contrafigura, aparentemente, del típico burócrata sindical.
- Me alegro de oírle decir esto.
- Retornando al tema de mi optimismo. Hay una notable fuerza en mi. Siento el transitar poderoso de mi sangre, la elasticidad de mis músculos, el permanente afán de vivir que me acucia. Cada mañana me despierto con el ánimo renovado, con el deseo de hacer cosas, feliz de poder seguir luchando.
- Luchando siempre contra las mismas dificultades...
- Así es, por desgracia.
- Ya ve.
- Recuerdo mucha a mis abuelos. Ellos arribaron a este país con una mano adelante y la otra atrás, como suele decirse. Pero querían construirse un futuro, querían lograr una vida plena, sin las estrecheces y servidumbres de las tierras que abandonaron. Estaban dispuestos a trabajar duro. Lo hicieron, forjándose una posición. No era gente de lamentarse, de lloriquear.
- Pero no todos los inmigrantes triunfaron. Muchos fueron acogotados por la pobreza. Tengo entendido que la mitad de quienes vinieron retornaron a sus países, desilusionados.
- Así fue, en efecto. Debe considerarse, antes de abrir juicio, que en cualquier parte ocurre lo mismo. La fortuna, el bienestar, desgraciadamente no suelen estar al alcance de todos.
- Entre las muchas cosas que debemos agradecer a los inmigrantes, una de las mayores, a mi juicio, es que crearon las primeras organizaciones sindicales. Fueron capaces de darles una esperanza a los de abajo, a quienes siempre pagaron el pato de la boda.
- Usted me está dando la razón en cuanto a la vigencia de mi optimismo. La vida es lucha, afán, saberse jugar sin vacilaciones por lo que consideramos justo y necesario. Perdóneme, pero usted es contradictorio. Por un lado ve todo negro y por el otro admira a quienes, en el fondo, adoptan actitudes idénticas a las mías.
- Si, es verdad... Me doy cuenta. Ocurre que a veces uno se desespera cuando ve tantos sacrificios desperdiciados, tantas esperanzas aniquiladas. Por cuanto se hizo uno tiene el derecho de esperar otros resultados.
- Quizás no se bregó lo suficiente, se encararon mal los acontecimientos. Aquellos que pretendieron conseguir un país más justo, más equitativo, no tuvieron capacidad para aunar fuerzas y conseguirlo. Sobre todo, carecimos de una clase de dirigente capaz de edificar una nación realmente moderna. Con la organización nacional se consolidó un país dependiente, sin auténtica autonomía, sin ese poder real que está en la médula de todas las grandes naciones. Soy un aficionado a la historia y he leído bastante sobre el tema.
- Yo también la frecuento, en especial la nuestra, claro está. Desde el secundario...
- Actitud rara en un adolescente.
- Me cargaban los otros muchachos. Decían que yo estudiaba tanto porque estaba enamorado de la profesora y quería impresionarla.
- Linda época la del secundario. Bueno, el hecho es que aquí gobernó siempre la derecha, desde la más recalcitrante hasta la populista. Mal les fue a quienes pretendieron crear un país distinto. Recuerde a Moreno, Belgrano, Castelli, Monteagudo, Rivadavia, el desdichado Echeverría, del cual no han quedado ni los huesos. El mismo Sarmiento, boicoteando siempre en sus proyectos más ambiciosos.
- Al fin y al cabo, ellos sólo pretendían instaurar una nación capitalista moderna, a tono con el siglo diecinueve.
- Exacto. Lástima que quienes gobernaban, en última instancia, eran las vacas.
- Pastando en los enormes latifundios.
- Que venían desde la colonia, con las mercedes reales. El de los Cabrera en el sur de Córdoba, por ejemplo, se extendía desde el actual río Quinto hasta la laguna Melincué, ubicada en la hoy provincia de Santa Fe.
- Si no me equivoco los Anchorena llegaron a tener quinientas mil hectáreas en la provincia de Buenos Aires, vale decir en el corazón de la pampa húmeda. Uno de ellos, Nicolás Anchorena, dejó al morir doce millones de duros, suma enorme para la época.
- Y su pariente, don Juan Manuel, también era un poderoso terrateniente. En su testamento, según afirma el autor Antonio Dellepiane en su libro “ El testamento de Rosas”, figuran, entre otras, las estancias “ Los Cerrillos”, ubicada en Monte, que tenía ciento veinte leguas, y la de Rincón de López, con cincuenta leguas, donde pastaban ciento dieciseis mil cabezas de ganado.
- Hubo una repartija de la tierra pública realmente escandalosa. Para ello utilizaron inclusive la ley de enfiteusis de Rivadavia, creada con un propósito muy distinto.
- De esa matriz nacieron y se afianzaron los caudillos, señores de horca y cuchillo en sus provincias. Sarmiento, con su habitual claridad, lo dijo en 1857, al afirmar que ellos " son el resultado de la falta de leyes justas sobre la distribución de la tierra” Ojalá cite bien. La memoria me suele fallar.
- Hubo una excepción, sin embargo. La de la provincia de Mendoza y, en menor medida, la del resto de la región cuyana. Allí hubo otra estructura económica. Tal vez por ello la eligió a San Martín para organizar su ejército.
- Es verdad. Pero el caso es que de tal formación nacional surgió el país que tenemos hoy. Es la herencia de los Rosas, Anchorena, Martínez de Hoz, Santamarina y tutti quanti.
- Más avanzamos en nuestra conversación, menos me explico su optimismo, salvo, desde luego, al que aplica en sus actividades particulares, aunque andando tan mal la república...
- Se lo repito: amo la vida, la amo con fervor, todo cuanto soy me empuja al hacer decidido, tesonero. No lo dude, tarde o temprano sacaremos a esta tierra del pozo y surgirá un país muy distinto.
- Dios le conserve el optimismo.
- Dios o mi naturaleza. El caso es que agradezco todos los días la dicha de ser así.
- Está relampagueando. Se viene la tormenta. Es mejor rumbear para las casas, como dicen los paisanos. Hasta pronto, Caviglia.
- Que le vaya bien.



Fragmento 32

El automóvil se detuvo bajo un foco cuya claridad anulaba la creciente oscuridad del anochecer. Por la ventanilla del conductor asomó el rostro alauchado de un adolescente.
- ¿Vamos a dar una vuelta, Alfio?- invitó el jovencito que caminaba despacio por el lugar.
Este, con expresión asombrada, se acercó al vehículo.
- ¿Te lo prestó tu viejo?- quiso saber- Debe ser la primera vez.
- Algo así- respondió, elusivo, el muchacho. – Vení, lo tengo por un rato.
Alfio subió al coche.
- ¿Adonde vamos?. preguntó mientras se acomodaba en la butaca.
- Tengo ganas de joder. Podemos ir hasta la ruta y meterle un poco de pata.
Las mejillas acribilladas por el acné de su amigo se contrajeron.
- Está oscureciendo, che – dijo, algo temeroso el tono- No vayamos a hacer macanas.
Poniendo en marcha el auto, el cara de laucha lo tranquilizó:
Quedate piola. Manejo muy bien.
Enfilaron hacia las afueras, en procura del camino que abrazaba a la ciudad.
-¿Cómo andas con la piba que atracaste el domingo?- preguntó el del acné, aparentemente aplacado su temor.
- Ando al pelo. Esta regalada. El sábado nos veremos de nuevo y, si todo sale como pienso, me la voy a voltear nomás.
- Vos sos medio farolero- opinó el otro- Me pareció una minita seria.
- Me aceptó enseguida. Y, viste, bailó conmigo sin darle bola a ningún otro vago- puntualizó, ufano el conductor.
Los automóviles con los cuales se cruzaban ya llevaban encendidos los faros lamiendo su claridad el parabrisas del coche donde iban los adolescentes.
- Si serán boludos- se quejó el ratoncito- Meten la luz alta. Haré lo mismo.
- No jodás también vos- recomendó Alfio. Y agrego mirándolo de reojo- Supongo que no le habrás sacado el auto a tu viejo sin permiso.
- Dejá de pensar sonseras. Es como te dije: me lo prestó.
Llegados a la ruta, comenzó a aumentar la velocidad. Árboles, casas, cercos, se desplazaban fugazmente. Al tomar una curva, el automóvil se bandeó.
¡Pará, loco, pará!- gritó el acompañante- No haremos bosta.
El conductor retomó el control del vehículo y éste volvió a transitar con normalidad por el pavimento, aunque su velocidad continuaba elevada.
- Me caga de gusto ir ligero- dijo el cara de laucha- Sentís hasta el mango todo lo que puede dar el auto.
- La puta madre- se lamentó Alfio- No debí subir. Sos un tarado.
- No te cagués que no hay quien te lave.
- En la adensada penumbra el automóvil era una fuerza creando su propio espacio, un espacio de límites precisos e inviolables. Los que pretendieran romper esas fronteras serían sin duda aniquilados. La serpiente negra del camino era triturada por los neumáticos, desapareciendo bajo su alocado rodar.
- Pará, por favor, pará- rogaba Alfio, empalidecido.
- Maricón, maricón- se burlaba el dueño del volante.
Rozándola casi, superó a una vieja camioneta que traqueteaba, cansina.
- Flor de susto debe haber tenido el tipo- rió- Mejor, así aprende a no ir como una tortuga. A esos cachivaches no deberían permitirle circular.
El coche se estremeció, dando un brinco, al pasar por un bache. El conductor, con mano firme, le hizo recobrar la estabilidad.
- De ésta no nos salvamos- se lamentó Alfio, enflaquecida la voz- Quedaremos hecho pelota.
El profundo ronronear del motor modulaba su potencia. Árboles, casas, cercos.
Lejanos relámpagos sobre el horizonte. Arboles, casas, cercos. Apareciendo y desapareciendo velozmente entre la luz de los faros y la oscuridad.
De pronto, surgiendo de un oculto camino vecinal, apareció una niña montada en una bicicleta. El muchacho pegó un volantazo, pero aunque el automóvil se desvió, igual embistió con un costado del capó a la ciclista, arrojándola por el aire. El adolescente, retomando su carril, siguió sin amainar la velocidad.
- Matamos a la chica, la puta que te parió, matamos a la chica!- gritó Alfio, volviéndose en el asiento tratando de mirar hacia atrás- Pará, pará...
El que manejaba, lívido, apretando los labios, no le hizo caso. El granujiento intentó manotearle el volante. Con un codazo en el costado se lo impidió.
- No volvás a hacerlo- murmuró- No podemos parar, boludo. Iremos en cana. No tengo carné, soy menor. Debemos rajar. Si se entera mi viejo me mata. Saqué el coche sin permiso.
Mudo, aterrado, Alfio se hundió en la butaca. El automóvil continuó su desenfrenada carrera.



Fragmento 33

Frunciendo el ceño, contempló a través del ventanal del bar los relámpagos que de tanto en tanto viboreaban por el ennegrecido horizonte. Un lejano rumor de truenos alteraba apenas la espesura del aire caliente. El parroquia no se hechó atrás en la silla. Le gustaba sumergirse en el calor. Levantando el vaso, tomó un largo sorbo de cerveza, pasando después la lengua por sus labios. El dueño del boliche se acercó a la mesa. Estaban sólo ellos en el negocio.
- ¿Cómo andan tus cosas, Gómez?- preguntó, sonriente.
El cliente, sacado de su abstracción, se estremeció. Lo contempló como si viniera desde muy lejos y descubriera a un ser absurdo y desconocido.
-¡Qué cosas, como andan qué cosas!- gritó, alterado.
- Disculpame, no quise molestarte- se excusó su interlocutor- ¿no te sentís bien?
- Estoy bien, estoy bien. Pero ya sabés que siempre ando medio nervioso.
El del bar le apoyó una mano sobre el brazo.
- Si, ya lo sé- dijo- Quería saber si pudiste conseguir algún laburo.
- No, qué voy a conseguir. Con la malaria que hay... Tampoco me preocupo mucho en buscarlo. ¡Tuve tantos! Gracias a Dios la Patricia conserva el suyo.
- Y tienen cuatro chicos...
- Después de lo que pasé tuve mucha necesidad de tenerlos, te lo juro.
- Si, entiendo, pero dada la situación de ustedes fue poco prudente.
- No digas nada. Tengo jodida mi vida y jodo la de los demás.
El hombre tornó a mirar el firmamento tatuado por los relámpagos. El propietario pareció querer agregar algo, pero regresó a ocupar su lugar tras el mostrador. El cliente terminó de beber la cerveza. De repente un trueno fuerte y prolongado estalló haciendo vibrar el recinto. El hombre se levantó de un salto, aferrándose al respaldo de la silla. El comerciante intentó serenarlo:
- Es un trueno nada más, Gómez.
- Si... claro- balbuceó, temblorosa la voz.
- Es curioso que sigas así después de tanto tiempo- reflexionó el del bar- A vos te hicieron tratamiento psicológico y todo.
- Qué tratamiento ni qué tratamiento- respondió, recuperando el tono de su voz- De eso no te recuperás nunca. Ya se han suicidado más de trescientos. Se hundieron peor que yo, evidentemente.
Tragó saliva y luego continuó:
- Si en un momento muy jodido que tuve no hice lo mismo fue gracias a la Patricia. Es un mujerón. Cuando estaba allá recordarla era lo único que me sostenía. Noviamos desde pendejos, vos lo sabes.
- Por supuesto que lo sé- sonrió su amigo- Eran el comentario del barrio.
El hombre tornó a sentarse. Sentía los latidos aún presurosos del corazón.
- No soporto la humedad, el barro- dijo en tono bajo- Quiero estar siempre limpio
- En abril se cumplen dos décadas. Parece increíble, y ustedes...
- Si, ha pasado un montón de tiempo- murmuró Gómez- Tanto entusiasmo, tanto barullo cuando partimos. Y mira ahora.
- Pero están las asociaciones de veteranos. Ustedes se han organizado. Acá mismo, en la ciudad...
- No todos. Tampoco es oro todo lo que reluce. Pero la gente por lo visto olvidó.
- ¡La gente!- exclamó el comerciante- La gente olvida rápido, Gómez. Y con lo que pasa en el país. Observa como estamos.
- Siempre hay excusas, siempre- el acento era amargo- En medio del miedo, esperando morir a cada momento, mal comidos, acurrucados en esos malditos pozos de zorro, mojados, aguantando a los oficiales que en su mayoría eran unos reverendos cabrones, uno creía estar haciendo algo importante por la patria. Buenos estúpidos fuimos.
Rió, levantándose.
- Mejor me voy antes que comience a llover.
Acercándose al mostrador pagó lo consumido.
- Hasta cualquier rato- saludó.
- Que te vaya bien, Gómez. Llegarán tiempos mejores.
Salió a la oscuridad. Cuando otro relámpago quebró la negrura, el pareció ver en una fugaz, rapidísima visión, el cuerpo despedazado del correntino Miranda, un petizo con una fea cicatriz deformándole la cara, muy guacho, que estaba en su mismo batallón, y con quien estableciera una buena amistad. Apresuró el paso. Le dolía el estómago.



Fragmento 34

Maldito calor. No afloja. Creí que al llegar la noche amainaría. Sobre todo confiaba en la lluvia. Pero al parecer la tormenta se ha disipado. Mucho relámpago, mucho trueno, y al final nada. Se fue en aprontes nomás. Paciencia. La temperatura me encrespa los nervios. Y m{as teniendo en cuenta la entrevista que me espera. Porque hoy deberé verlo a Boschetti sin falta. Su aviso no me deja escapatoria. Se me revuelven las tripas de sólo pensar en contemplarle la facha. Esa sonrisita melíflua que desmienten los ojos helados, esa cortesía un poco anticuada pero también falsa. Con los mismos rendivús el hijo de puta puede clavarte un cuchillo en el estómago. Sonriendo siempre, no faltaba más... Naturalmente, nadie me obligó a requerir sus servicios. Sus servicios... Mi manera de ser es la verdadera y única culpable. A no quejarse entonces. Aunque por lo menos debería tener derecho al pataleo.
Desde la memoria me golpean las palabras de papá. Sos un inútil, una bala perdida, no tenés futuro. Y al decirlas le brillaba colérica la mirada tras los gruesos cristales de sus anteojos.
Tuvo absoluta razón. Salvo en no tener futuro. Lo tuve, pero el peor de todos. ¿Qué es lo que falla en mi? Un millón de veces me lo he preguntado sin encontrar ninguna respuesta valedera. Gozé de cuantas oportunidades quise. Las lógicas otorgadas al hijo único de una familia acomodada. Todas las desperdicié.
A lo largo del tiempo he sido urgido por una oscura, subterránea inquietud. Ansié experimentar cosas nuevas y distintas, capaces de encender la sangre y erizar la piel. me aburría y me aburro en esta ciudad previsible y vulgar.
Nunca encaré seriamente un estudio o trabajo. De continuo gasté a costillas, de papá. No tuve inconvenientes en humillarme para conseguir su ayuda. Malagestado, protestando, casi nunca me la negó.
Lo único capaz de animarme es el juego, la magia maldita del tapete verde. Siempre. Hasta hoy.
¡Quejarme de tener que ver a Boschetti! Los tipos como yo somos segura carne de usureros.
Cuando mis padres murieron en un accidente automovilístico y heredé, creí arribar al paraíso. Por fin tenía mis problemas solucionados, por fin el dinero fluiría sin ruegos ni servilismos a mis bolsillos. Incluso albergué- ingenuo- propósitos de enmienda. Reforcé tan loables intenciones casándome con Delia, tan dulce, tan bella, tan apetecible.
Un tiempo pareció que lograría alcanzar mis noveles afanes. No duró la ilusión. Torné poco a poco a las andadas. Y como no entiendo nada de negocios, además de malgastar los bienes heredados, los descuidé. Pronto se diluyeron igual que agua en un arenal.
Mi matrimonio también fracasó. Delia, que tras su belleza y su dulzura escondía un carácter férreo y un corazón blindado, me comenzó a presionar, exigiéndome posturas concretas y definitivas, capaces de orientar correctamente nuestras vidas. Naturalmente, prometí, juré, hasta me esforcé. ¿Es necesario comentar los resultados? Epílogo: un buen día, dejándome una carta breve y precisa, se marchó con uno de mis amigos, abogado conversador y exitoso, de sólido prestigio profesional y, por ende, también social. A partir de entonces entré en caída libre. Una caída cuyo final ocurrirá posiblemente dentro de unas horas en casa de Boschetti.
Es mejor no pensar más, terminar con este tardío examen de conciencia, efectuado bajo el influjo del calor y la ausencia de la lluvia.
Pronto partiré, decido, si falo con el usurero, a no regresar.



Fragmento 35

- ¿Vas a la manifestación?
- Te soy sincero. Tengo pocas ganas.
- No se trata de ganas o no ganas, me parece. Cómo están las cosas debemos movernos un poco, expresando nuestra protesta.
- Si, eso no lo discuto, pero siendo siempre el tema central el cacerolazo contra el corralito, esa actitud ya me tiene un poco podrido.
- ¿Te parece bien lo dispuesto por Cavallo, ese tipo nefasto? Es una estafa financiera colosal.
- Sí, sí, está bien, pero me jode que a nuestra clase media recién se le avivó el fervor justiciero cuando le tocaron el bolsillo. ¿Y las mil perradas hechas antes por nuestros gobiernos? ¿Y el genocidio del setenta y seis? Entonces, esta misma clase media repetía como el loro, “ algo habrán hecho”.
- Tenés razón, sin duda. Y ase sabe cuales son sus normas de conducta.
- Al carajo las normas de conducta. Lo real es que no los trago.
- Decime, ¿vos a que clase pertenecés?
- Por desgracia a ella, no puedo negarlo, pero me considero una marginal, alguien que siempre trató de patearles el tablero.
- Ya lo sé. Incluso nunca fuiste muy amigo de la ciudad por lo mismo.
- No te quepa duda. Tiene el cretinismo característico del sector.
- No abuses del lenguaje.
- No creás, todavía me quedo corto.
- Reconocé, por lo menos, que actualmente está muy golpeada, y el corralito es y será, si no se anula, otro clavo en su ataúd.
- Que se jodan. No sentiré tristeza por su destino, te lo aseguro.
- Tenés una posición sactaria, por otra parte falsa.
- ¿Falsa? ¡Por favor!
- Total y absolutamente falsa. ¿Acaso creés que son culpables del actual desastre?
- No claro. Pero interpretá como debe ser mi posición. No son los responsables pero sin son, seguro, los cómplices.
- El movimiento cooperativo, en su mayoría, alertó sobre las consecuencias que tendría este plan económico. ¿Y a qué segmento social pertenece la que tendría este plan económico. ¿Y a que segmento social pertenece la inmensa mayoría de sus integrantes? Equilibrio en los juicios, che.
- Los cooperativistas son minoritarios. Quienes marcaban el compás eran los que ansiaban ir a Miami a efectuar compras. “Déme dos”.
- Bueno, terminémosla, porque de lo contrario vamos a estar toda la noche discutiendo sin ponernos de acuerdo y dentro de una hora apenas comenzará la concentración.
- No me gusta que me empujen.
- Nadie te empuja. Es tu exclusiva decisión. Pero te adelanto algo.
- ¿Adelantarme?
- Según rumores que me han llegado, la de hoy no será sólo un cacerolazo.
- ¿Ah, no? ¿Y qué será, me lo podes explicar?
- No te explicaré nada. Vamos juntos y ahí lo verás con tus propios ojos.
- Vos tratas de engrupirme para hacerme ir.
- Vamos. No te vas a arrepentir.
- Hum... Sos un maldito. Tenés poder de persuación. Andemos nomás.
- Por suerte se disipó la tormenta. La gente podrá ir.



Fragmento 36

Me gusta la noche. Me gusta su recato, ese deslizarse en punta de pies que tiene. Se despliega con delicadeza, sin estridencias, sabedora de que el misterio, lo mágico, anda incúbandose entre sus pliegues, se acurruca espectante en su espesura.
Lo común, lo cotidiano, aquello que ya no nos motiva, el trastabilleo que suele entorpecer nuestros pasos, parece batirse en retirada ante ella.
Encapsulados por su densidad, los edificios se metamorfosean adquiriendo otra textura. Sus muros danzan entre las sombras, ligeros y airosos.
En los árboles la oscuridad es un pájaro más, descansando con sus alas plegadas.
Los charcos de luz de los faroles callejeros son intrusos que no pueden roer su encanto.
Los rostros de los transeúntes se ahondan y casi dejan escapar los recovecos de su espíritu.
Creo ver surgir criaturas primitivas, los iniciales pobladores del planeta. Las sombras adoptan sus formas, le dan una aparente corporeidad.
Camino protegido por su calor de útero primordial. Una gustosa tranquilidad me habita. Pienso en la muerte y no me asusta como de costumbre. La imagino perdiéndose acorralada por su manto protector.
En el cielo negro una estrella cae hacia sus bordes.
El oído se torna más sensible, se agudiza tratando de captar hasta el más diminuto sonido. Los olores también adquieren otra espesura.
Desde una ventana abierta se distingue una familia reunida en torno a la mesa consumiendo sus alimentos, sustancias nutricias más rotundas ahora, sin duda, que en la claridad diurna.
Cada fragmento de mi piel es un receptor de sensaciones. Las pinceladas de las sombras la cubren de una dulce pátina.
En estos momentos entiendo que una manifestación reivindicativa se concentra en el centro de la ciudad. En las manos de la noche brota, por lo visto, una limpia espada justiciera.
Me gusta la noche. Me gusta su recato, ese deslizarse en punra de pies que tiene.



Fragmento 37

Comenzaron a llegar de a poco. Uno a uno, en pequeños grupos. Algunos transeúntes, al verlos, se detenían a observarlos, curioso...
La mayoría de los manifestantes portaban cacerolas y pronto comenzó a oírse su estrépito.
Policías con cascos y armas estaban estacionados de trecho en trecho. Patrulleros cerraron las esquinas y el tránsito vehicular se interrumpió. Los ómnibus del servicio urbano debían desviarse una cuadra antes. El gas de mercurio de los artefactos instalados en las altas columnas erguidas alrededor de la plaza clarificaba cuanto iba sucediendo.
Una columna portando algunos carteles apareció por un cruce de calles y se agrupó cerca de la catedral. No era numerosa y sus integrantes vestían modestamente. Se distinguían del resto de los concurrentes y se mantuvieron apartados.
Grupos de muchachones deambulaban de un lado al otro.
De a poco la plaza fue llenándose de gente. La mayoría se estacionaba en los veredones pero otros pisoteaban los canteros. Comenzaron a oírse voces que procuraban sobreponerse al estrépito de las cacerolas:
- ¡Que nos devuelvan nuestro dinero!
- ¡ Depositamos dólares y queremos dólares!
- ¡Banqueros ladrones!
- Los depositantes unidos jamás serán vencidos.
La plaza se encrespaba, un oleaje de cabezas semejaba aguas agitadas. Entre los concurrentes había matrimonios jóvenes empujando cochecitos con bebés, las madres cuidando a sus hijos en tanto alzaban sus voces gritando las consignas. El grupo más humilde, al cual se unieron estudiantes, movía sus carteles: “Queremos trabajo”, “El pueblo unido jamás será vencido”, “ Abajo el F.M.I.”
La gente abandonó la plaza ocupando la calzada e iniciando una marcha encolumnada alrededor de ella, flanqueada por los policías. Un calor singular parecía desprenderse de la multitud, ascendiendo y modificando la temperatura nocturna. De los muchachones surgió una voz:
- Vamos a los bancos.
Rápidamente el grupo se desprendió de la columna y enfiló hacia las cercanas sucursales bancarias. En los puños brotaron piedras que fueron a estrellarse contra los ventanales. La policía se precipitó tratando de impedir su accionar. Corridas, forcejeos, gritos. Una piedra de grandes dimensiones, arrojada por un mozo alto y corpulento, hizo estallar el cristal de una de las aberturas, y una cascada de reflejos fragmentados se derrumbó sobre la vereda y la calle. Tres agentes rodearon al joven y quisieron detenerlo. Este se defendía con fiereza y los policías redoblaban sus esfuerzos para dominarlo. De algún lugar partió un pedruzco que golpeó en la cabeza a uno de los uniformados. Se desplomó. Otros agentes se unieron a sus colegas, tratando de reducirlo sin miramientos, en tanto el resto, empujaba a los demás para hacerlos retroceder. Por fin fue dominado. Cuatro policías lo llevaron en el aire, aferrándole brazos y piernas, mientras él se retorcía procurando liberarse. Vocerío:
- ¡Sueltenló!
- ¡Metan presos a los banqueros, cabrones!
- ¿Está es la democracia?
El detenido fue metido a los empujones en un patrullero que se puso en marcha pateado por manifestantes enardecidos. Comenzaron las corridas. Los agentes iban de un lado al otro. Los jóvenes seguían apedreando los bancos, huyendo al advertir la cercanía de la autoridad. Se escucharon recomendaciones:
- Tengamos calma.
- No tiren más piedras.
- Queremos un acto pacífico.
Redoblaban las cacerolas. Un par de camarógrafos de la televisión se desplazaban registrando los incidentes. Periodistas, micrófono en mano, interrogaban a personas que, a veces, respondían con frases presurosas. Cundía el desórden. Alarmados, manifestantes se retiraban del lugar, especialmente mujeres con criaturas, Un hombre de pelo largo y ojos ardientes se subió a un banco de la plaza y gritó:
- ¡Vamos a hacerle un escrache al diputado!
Muchos aprobaron la sugerencia de ir hasta el domicilio del único legislador nacional residente en la ciudad.
- ¡A escracharlo! ¡Que se vayan los políticos podridos”- vociferaron.
Con presteza partieron hacia la casa del dirigente, en tanto de quienes portaban los carteles partían consignas:
- ¡ Liberación nacional!
- ¡ El pueblo al poder ¡
- ¡Cárcel a los corruptos!
Quienes quedaban reiniciaron la marcha alrededor de la plaza. No se produjeron nuevos incidentes. Despacio la gente se fue dispersando, cansados, golpeando todavía algunos las cacerolas. El calor de la noche, policromado por los acontecimientos, se transformó en casi el único ocupante del gran espacio.

Fragmento 38

Regreso tarde a casa. Pese a mis intenciones, pasé todo el día lejos de ella. Una sorpresiva invitación a almorzar de un antiguo amigo, a quién desde hace mucho tiempo no veía, la prolongada sobremesa, otras diligencias que me quedaron para hacer en la tarde, mi habitual visita al bar donde tomé un cortado y leí los diarios, todo se confabuló para que, soportando el calor, sintiendo la molestia de la transpiración, muy cansado, recién ahora esté de vuelta, contento de verme protegido por los muros fraternales de mi casa.
Tenía el propósito de ir al cementerio, pero no lo hice. Durante mi última visita la pasé muy mal. Junto a la tumba de Leonor, tratando de acomodar con mano temblorosa en le florero el ramo que llevaba, un fuerte mareo casi me hizo desplomar. Tardé un rato en recuperarme. Cuando lo hube logrado salí con paso muy lento del camposanto. Hoy tuve miedo de que la penosa situación se repitiera, agravada quizás por la elevada temperatura. Ya pesan los años. De cualquier manera, ir o no ir resulta secundario. Lo real es la presencia viva de Leonor en mi corazón.
El almuerzo con Ojeda- así se apellida el amigo que me invitó- ha sido una experiencia muy interesante. no son muy frecuentes estas invitaciones. Son excepcionales, diría, para ser bien preciso. Hablé mucho durante su transcurso. Verdaderamente me asombró hablar tanto, yo, que soy tan lacónico, que paso infinidad de días intercambiando las frases imprescindibles con aquellas personas que vienen a casa por motivos muy concretos_ quien me trae la comida, la encargada de la limpieza, algún vendedor ambulante. En el bar apenas si saludo a otros clientes habituales. No me gusta hablar, le tengo verdadera tirria a las personas parlanchinas. Su blablabla me provoca una sensación de liviandad, me parecen seres horizontales, pura superficie.
Pero mi parquedad tal vez obedezca a una razón más profunda. Lo cierto es que siempre me he sentido lejos de los demás. Fui un infante solitario, un adolescente solitario y en la actualidad soy un adulto solitario. Alguna vez me permití esbozar una teorá tendiente a explicar lo que denomino mi “ajenidad”. Tuve y tengo muy pocos, más que amigos, simples conocidos. Ojeda es la excepción que justifica la regla. Tampoco soy, huelga decirlo, familiero. A mis parientes los veo cada muerte de obispo. Nadie me visita. Aún no me explico cómo nació y llegó a buen puerto mi historia con Leonor. Sin duda porque fue ella quien tomó la iniciativa. Ambos trabajábamos en la misma empresa estatal. Y a pesar de sus insinuaciones, ¡Vaya si me costó decidirme, iniciar el noviazgo! Y lo pensé mil veces antes de arribar al matrimonio, impulsado, es verdad, por la indisimulada presión de su familia y la mía. Sin embargo, a pesar de mis indecisiones, creo que nuestro matrimonio resultó satisfactorio. Con Leonor aprendí a conversar, a expresar mis opiniones, el concepto que tengo de la existencia. No totalmente Pero fue una novedad muy importante para mí. Alcancé a descubrir ciertos matices subterráneos de mi personalidad. Con Leonor me pudo sentir parte del mundo. Lo aclaro: el noventa por ciento de mi transformación se debió a la manera con que ella supo conducir nuestra relación. Incluso nuestra relación íntima no se malogró debido a su tacto y delicadeza. Escasa experiencia sexual tenía yo, emporcada y deslucida por su carácter mercenario. Leonor me enseño a vivir, en suma. Los únicos instantes verdaderamente felices de mi existencia los pasé a su lado y, como digo, gracias a su manera de ser. Lástima no haber podido tener hijos. Esa bendición, no cabe duda, hubiera enriquecido y abierto aún más mi vida. Nuestra vida, para ser preciso.
Confieso que, en las tres décadas que duro nuestro matrimonio, mi propósito permanente, casi exclusivo, consistió, teniendo en cuenta el carácter de nuestras relaciones, en construir una especie de burbuja destinada a contenernos a los dos, donde respirara nuestra felicidad, lo más lejos posible del resto de la gente. En lo que a mi respecta, viví en esa burbuja. Leonor, aunque la compartía con cierta medida, nunca quiso aislarse. Era demasiado abierta, demasiado vital. Necesitaba compartir. Y a mi tal conducta no me vino mal. Leonor fue mi antena a tierra, mi embajadora ante la gente. Solía llamarla, medio en broma y medio en serio, mi “ ministro de relaciones exteriores”. Ella movía la cabeza con un gesto muy suyo y sonreía.
Lo que hasta hoy no he podido explicarme satisfactoriamente es por qué se enamoró de mí. ¿Atracción de los opuestos? Quizás. Además, y lo digo sin vanidad alguna, en mis tiempos fui bastante pintón. ¿La hice feliz?
Me atrevo a contestar afirmativamente. Lo nuestro se caracterizó por el mutuo respeto, por la tolerancia. Las inevitables peleas o discusiones a lo largo de tantos años nunca dejaron huellas. No recuerdo que hayamos tenido esos períodos de rencoroso, malhumorado mutismo comunes en otras parejas. Tras las palabras duras pronto volvía la risa, el dulce reencuentro.
La mayoría de nuestras desaveniencias se originaban en mi amor al orden, a la sujección a determinadas y estables normas de conducta, a mi pretensión de tener siempre cada cosa en su lugar. Leonor, por el contrario, era un poco desordenada. Si tal florero debía estar en determinado lugar, o si para tal ocasión debíamos vestirnos de determinada manera, para citar dos ejemplos, eran cosas que no le preocupaban en absoluto. Ella, sobre todo, amaba la libertad. Yo también, desde luego. Pero tengo el concepto de una libertad ordenada, prudente, respetuosa de las jerarquías. Me espanta una situación anárquica. De ella puede surgir cualquier tipo de desastre. Y esta convicción vale tanto para los desordenes familiares como para los acontecimientos colectivos que afecten a la nación.
Es comprensible, por lo tanto, que su muerte haya sido un golpe demoledor para mi. Me destruyó. Y aunque ha pasado casi una década del hecho infausto, sigue siendo una llaga dolorosa e incurable carcomiendo mi ser, ensombreciendo mis días. Se habla de elaborar un duelo. Yo, lo digo con absoluta sinceridad, no he podio hacerlo. Y juro que lo intenté denodadamente.
Al enorme dolor causado por su partida, se continúa agregando la culpa que siento por la forma en que me comporté durante las últimas horas de su vida.
Cuando los médicos me confirmaron la inminencia del inevitable desenlace, sólo atiné a huir, incapaz de afrontar el instante espantoso de su muerte.
La dejé, ya inconsciente, acompañada por unos familiares, y partí, desesperado.
Y entonces... y entonces realicé el acto más repudiable de mi existencia.
Concurrí a mi peluquería habitual y me hice cortar el cabello. ¡Eso hice mientras Leonor agonizaba! ¿Soy un monstruo con apariencia de cordero?
¿Mi insensibilidad pudo alcanzar tales niveles? Sin embargo en esos instantes me atenazaba un dolor que nunca había sentido. Jamás. Ni cuando fallecieron mis padres. Después reflexioné mucho para encontrar los motivos profundos que impulsaron mi actitud. Y la única explicación valedera es que, en esos instantes cruciales, a partir de los cuales mi vida cambiaría por completo, con la desgracia poseyéndome sin remisión, únicamente quise realizar un acto común y habitual, un acto capaz de restaurar la normalidad aniquilada, de reinstalar la presencia serena y fecunda de lo cotidiano. En tanto me cortaban el pelo, Leonor estaría en casa esperándome, realizando sus tareas habituales. Curiosas conductas humanas....
Pero hasta hoy constituye otra dolorosa espina hincada en mi espíritu. Sé que quienes posteriormente se enteraron del hecho me han criticado con dureza. tiene razón. Aunque...
Me he dejado llevar otra vez por mis recuerdos y emociones, he repetido el soliloquio angustiado que parece haberse instalado definitivamente en mi ánimo. Pero debo ducharme y preparar mi más que frugal cena: té con leche acompañado por los consabidos grisines. Bajo ninguna circunstancia modifico este hábito. Torno del baño y repito la ceremonia matinal: pongo la pava en el fuego para hacer hervir el agua y mientras ello ocurre traigo la taz con el correspondiente platillo, le coloco el saquito de té, sola modificación, y agrego una cucharada de leche en polvo, arrimo la canastilla con los grisines y el frasco de edulcorante y luego tomo la comida despacio, pensando en Leonor. Una vez terminada la colación lavo la vajilla y la guardo en su lugar.
No tengo deseos de ver televisión. Arrellanado en un sillón de la sala intento leer un rato. Tampoco con la lectura puedo vencer mi apatía. Me duele el cuerpo. Hay un olor a tristeza en el aire quieto. Continúa el calor. Lamento que la tormenta de esta tarde se haya disipado. Amo la lluvia. Me gusta oír el rumor del agua cayendo. Obra como un dulce sedante, aquieta sin falta las perturbaciones de mi corazón. Hoy hubiera sido muy bien recibida. No pudo ser.
La luz de la lámpara de pie ubicada a mi costado remarca suavemente los perfiles de la pieza. Apoyo el mentón sobre las manos entrelazadas y miro sin ver alrededor.
El silencio se adensa, la soledad se inclina sobre mi. Nada pasa, nada pasará. Evoco días luminosos amando a Leonor, cuando la esperanza tenía un sentido, cuando su presencia me daba alas. Ahora apenas soy un viejo melancólico, acosado por un quemante mal de ausencias. En mi garganta va creciendo, solapado, un sollozo. No tiene sentido seguir aquí. Prefiero acostarme. Quizás el bendito sueño llegue para darme unas horas de paz.
En el dormitorio me desvisto y, tras doblar y acomodar en el placard mi ropa, me acuesto. No me cubro con la sábana. Apago enseguida el velador. Una risa estridente, llegada desde la calle, parece abrir una brecha de claridad en las sombras que me rodean. Cruzo las manos sobre el pecho y extiendo cuanto puedo mi cuerpo, con los pies juntos. ¿Así yaceré un día?
Ojalá no tarde. En ocasiones he pensado en apresurar voluntariamente mi fin. No descarto hacerlo. Es posible que entonces me reúna en algún lugar con Leonor, aunque mi incredulidad rechaza ese posible albur. De lo que sí no tengo dudas es que arribaré al silencio definitivo, al total olvido.


lo que faltaba ....


Acá sigue